Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net María ha subido al cielo en cuerpo y alma
Ahí nos espera; en ninguna otra parte, con los brazos abiertos para abrirnos la puerta de la gloria.
María ha subido al cielo en cuerpo y alma
El triunfo de María es también el triunfo de sus
hijos. María ha subido al cielo en cuerpo y alma
para decirnos que un día estaremos con Ella, de manera
semejante. Ahí nos espera; en ninguna otra parte, con los
brazos abiertos para abrirnos la puerta de la gloria.
La mujer
que podemos definir como Amor vivió en este mundo
sólo amando: amando a Dios, a su Hijo Jesús desde
que lo llevaba en su seno hasta que
lo tuvo en brazos desclavado de la cruz. Amó a
su querido esposo san José, y amó a todos
y cada uno de sus hijos desde que Jesús la
proclamó madre de todos ellos.
Desde
su asunción a los cielos ha seguido amando durante dos
mil años a Dios y a los hombres: Es un
amor muy largo y profundo. Y apenas ha comenzado la
eternidad de su amor.
Dentro de ese océano
de ternura que es el Corazón de María estamos tú
y yo para alegrarnos infinitamente. Desde el cielo una Madre
nos ama con singular predilección. La fe en este amor
debe llenar nuestra vida de alegría, de paz y de
esperanza.
Dios adelantó el reloj de la eternidad para que María
pudiese inaugurar con su hijo nuestra eternidad. Mientras nosotros esperamos,
Ella goza de Dios con su cuerpo inmaculado, el que
fue cuna de Jesús durante nueve meses.
El cuerpo en el que Dios habitó es digno de
todo respeto. Está eternizado en el cielo, incorrupto, feliz como
estará un día el nuestro. El cuerpo que vivirá eternamente
en el cielo es digno de todo respeto. No se
debe degradar lo que será tan dignamente tratado. Pasará por
la corrupción, pero sólo para resucitar en nueva espiga
y nuevo cuerpo inmortal, incorrupto, puro y santo.
"Voy a prepararos
un lugar": Así hablaba Jesús a los apóstoles con emoción
contenida. Personalmente se encargaría de tener listo ese lugar. Pero
sabemos quién le ayudaría cariñosamente a preparar dicho lugar: María
Santísima. Ella le ayudó -y de qué manera tan
eficaz- en sus primeros pasos a la Iglesia militante.
Ella sigue ayudando con su amorosa intercesión a
la Iglesia purgante y, de manera muy particular, a preparar
la definitiva estancia a la Iglesia triunfante.
Podremos
estar seguros de ver un ramo de flores con una
tarjeta y nuestro nombre: Hijo, hija, cuánto me costaste. Pero
ya estás aquí. También habrá un crucifijo con esta leyenda:
“Te amé y me entregué a la muerte por ti”.
Jesús. Habrá un ramo de almendro florido colocado por Jesús
de parte de María.
El premio de los justos es el
cielo, la felicidad eterna. Poco lo pensamos. Mucho lo ponemos
en peligro. “Alegraos más bien de que vuestros nombres estén
escritos en el cielo”. Sabremos entonces por qué decía Jesús
estas solemnes palabras, cuando veamos con los ojos extasiados lo
que ha preparado Dios a sus hijos. Si les dio
su sangre y su vida, ¿no les iba a dar
el cielo?
Pero aquí andamos distraídos, perdidos,
olvidados, comiendo los frutos agraces del pecado que pudre la
sangre y envenena el alma. Cuantas veces emprendimos el camino
del infierno. Tantas otras una mano cariñosa y firme nos
hizo volver al camino del cielo. Pensamos en todo menos
en los mejor y lo más hermoso. ¡Pobres ignorantes, ingratos,
desconsiderados!
El cielo es cielo por Dios y María. Al fin
nos encontraremos cara a cara con los dos más grandes
amores de nuestra vida. Entonces sabremos lo que es estar
locamente enamorados y para siempre de las personas más dignas
de ser amadas. Enamorados de Dios, en un éxtasis eterno
de amor: amados por el Amor Infinito, la Bondad Infinita.
Ahí comprenderemos los misterios del amor aquí
muy poco comprendidos. Volveremos a Belén a amar infinitamente, eternamente
a aquel Dios hecho niño por nosotros. Volveremos a
la fuente de Nazareth donde Jesús llenó el cántaro de
María tantas veces. Volveremos al Cenáculo a quedar de rodillas
y extasiados ante la institución de la Eucaristía, y comprenderemos
las palabras del evangelista Juan: “Habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Volveremos al Calvario y querremos quedarnos allí
mucho, mucho tiempo, siglos para contemplar con el corazón en
llamas el amor más grande, la ternura más delicada,
y comprenderemos cada uno lo que Pablo decía: “Líbreme Dios
de gloriarme en nada si no es en
la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Pediremos permiso de bajar
a la tierra para visitar los Santos lugares no como
turistas sino como locamente enamorados.
Al cielo subió la Puerta del
cielo. Sueño en ese momento en que tocaré a la
puerta. Y saldrá a abrirme con los brazos abiertos y
una sonrisa celestial María Santísima. Tendré que sostenerme para
no morir otra vez, pero de puro gozo al ver
sus ojos de cielo, su rostro bellísimo, su amor increíble
pero real.
María es la mujer más triunfadora. La humilde esclava
del Señor ha logrado lo que ninguna mujer famosa ha
conseguido. Eligió como meta cumplir la voluntad de Dios; como
motivación el amor. El Premio: La Asunción los cielos
en cuerpo y alma. Así nos enseña de forma contundente
la mejor forma de vivir.
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