Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net 3. Para fortalecer mi voluntad.........
Existen muchos peligros que no nos dejan practicar nuestra fuerza de voluntad.
Vamos a recordar un poco la definición de la fuerza
de voluntad “Es la facultad capaz de impulsar la conducta
y dirigirla hacia un objeto determinado, contando con dos ingredientes
básicos: la motivación y la ilusión”.
En nuestro artículo anterior dimos
a conocer algunas herramientas para fortalecer nuestra voluntad. Algo así
como una “gimnasia para fortalecer la voluntad”. Como toda facultad,
si no se usa, puede atrofiarse. Y la voluntad también
puede atrofiarse cuando no se practica. Existen muchos peligros hoy
en día que no nos dejan practicar nuestra fuerza de
voluntad. Vamos a explicar algunos de ellos y así estar
conscientes del efecto que pueden causarnos en nuestro camino para
alcanzar la santidad.
El primer enemigo de nuestra voluntad somos nosotros
mismos, es decir, la falta de confianza en nosotros mismos.
Al proponernos un ideal tan alto como es el de
la santidad nos puede parecer un ideal tan alto que
lo convertimos en una quimera, es decir en un sueño,
en una idea buena, pero inalcanzable. No nos sentimos capaces
de llegar nunca a nuestra meta. Nos descorazonamos antes de
comenzar. Esta actitud paraliza de raíz nuestra voluntad, puesto que
muy en lo interior de nosotros mismos sabemos que no
vamos nunca a ser santos. No se trata de ser
ingenuos y pretender alcanzar la santidad sólo con buenos deseos
o en un abrir y cerrar de ojos, como tantas
veces lo hemos repetido a lo largo de esta serie
de artículos. Pero si desde el principio desconfiamos de nosotros
mismos, nos desalentamos, entonces paralizamos automáticamente la voluntad.
¿Cómo va
a ser posible que la voluntad me lleve a cumplir
los propósitos de mi programa de reforma de vida, si
en el fondo yo creo que no voy a conseguir
nada objetivo en orden a la santidad? Y esta actitud
muy bien puede tener su origen en la soberbia o
en la sensualidad.
Soberbia porque no quiero dejar de ser
como soy para transformarme en lo que Dios quiere que
sea. Es una soberbia muy sutil, muy “encaramelada” muy cubierta
de buenas formas: “así soy yo”, “yo no he nacido
para esto”, “me conformo con no hacer mal a nadie”.
Y puede darse también una actitud de sensualidad porque sabemos
que el cambio implica sacrificio, dejar posturas cómodas, hábitos arraigados
y ante la lucha nos viene temor, dudamos, no estamos
seguros de nosotros mismos.
Otro obstáculo para lograr una voluntad grande
y fuerte es el formado por nuestros sentimientos. Nos dejamos
llevar por los sentimientos de cada día. Hoy puedo haberme
levantado con una gran ilusión por ser santo, pero... mi
marido no se despidió de mí con un beso como
siempre sueles hacerlo..., mi jefe en el trabajo me impuso
unas órdenes que a mí no me corresponden cumplir..., el
profesor en la clase fue injusto conmigo y me dejó
más tarea que a los demás... Y cada uno de
estas circunstancias nos golpean nos hieren. Eso es normal. No
somos de palo y si Dios nos ha dado una
sensibilidad es para enriquecer nuestro espíritu, para vibrar con las
necesidades de los demás, para comprender el dolor ajeno. Los
sentimientos son pasajeros: van y vienen. Pero nuestra razón debe
imponerse a ellos, es más debe aprender a gobernarlos y
así, puede aprovechar aquellos sentimientos positivos y rechazar los negativos.
Si yo en la mañana me levanto con ganas de
comerme el mundo, pero el día que está nublado y
lluvioso hace que me deprima y que me quede en
la cama o que salga con una cara de enfado
y malestar, señal es que soy una persona que se
deja llevar por los sentimientos. Si por el contrario, tengo
metas claras y una voluntad forme, entonces aprovecharé ese sentimiento
positivo con el que amanecí y encauzaré las ganas de
comerme el mundo en forma positiva para cumplir con perfección
mi deber. Y si el día está nublado pues aplicaré
lo de “al mal tiempo, buena cara”. Es decir, que
teniendo una voluntad firme, no me dejaré llevar por los
sentimientos. Dejarme llevar por los sentimientos es soltar el timón
de mi vida y dejarla al garete de las circunstancias,
de los hechos, de las emociones. De esa forma el
barco no puede llegar a ningún puerto.
Otro peligro que puede
atacar mi voluntad, hasta el punto de paralizarla es el
hedonismo. Tener el placer y la comodidad como el máximo
valor en mi vida y por lo tanto, encauzar todo
mi ser a la adquisición de aquellos bienes o circunstancias
que me proporcionen mayor placer, mayor bienestar, mayor comodidad. Frente
a un sacrificio que me pueda exigir mi programa de
reforma de vida, si toda mi persona tiende a la
ley del mínimo esfuerzo, no seré capaz de mover un
solo dedo para sacrificarme y lograr la meta que me
he propuesto. El hedonismo se va pegando en toda mi
persona hasta tal punto que compromete mi libertad esclavizándola. ¿Te
has preguntado cuántas veces has elegido lo más cómodo, lo
más fácil, lo más inmediato, porque te hacía sentir bien?
¿Eres capaz de sacrificar un poco de charla insustancial con
las amigas o con los amigos para dedicar ese tiempo
a algún apostolado o alguna acción social en beneficio de
los más necesitados? Preguntas sencillas, como las de una encuesta,
pero que nos permiten conocer hasta qué punto estamos esclavizados
por lo más inmediato, por lo que nos proporciona un
placer pasajero.
Estos son los peligros que pueden enredar y entorpecer
mi voluntad hasta llegar a atrofiarla. Con la voluntad atrofiada
no podré conseguir nunca mi meta de alcanzar la santidad.
Para
fortalecer mi voluntad, además de hacer esos actos voluntarios en
los que yo me niego a mí mismo con el
fin de ejercitar el “músculo” de la voluntad y así
siempre tener flexible en cualquier momento, debo contar con un
mot-or. Mot-or viene de la unión de dos palabras claves
en la formación de mi voluntad. Mot: de motivación. Or:
de orden.
Motivación. No es fácil ponernos metas en nuestras vidas.
Más difícil es luchar por conseguirlas. Y muchísimo más difícil
es tener constancia para adquirirlas. Si yo no estoy motivado
por alcanzar esas metas, como los boxeadores “voy a tirar
la toalla” a la mitad de la pelea, o.. cuando
comience lo difícil de la pelea. Estar motivado no es
sólo “desear” hacer las cosas. Estar motivado es quererlo alcanzar
y tener siempre en mente el ideal al que queremos
llegar. ¿Te acuerdas de la imagen del espejo que utilizamos
al comienzo de esta serie de artículos? Bueno, pues estar
motivado es tener siempre presente esa imagen, ese modelo que
queremos alcanzar. Y nuestro modelo por excelencia es Cristo. Debemos,
como nos invita el Papa en la Carta Apostólica Novo
Millenio Ineunte no. 1 aprender a “contemplar el rostro de
su Esposo y Señor”. Ver a Cristo, no como alguien
lejano, perdido en el pasado histórico, sino como nuestra meta.
Alguien al que debemos imitar, al que debemos seguir de
cerca. Viendo su rostro podremos tener la motivación necesaria para
alcanzar la santidad, para no desfallecer en el camino. Si
no tenemos constantemente presente ese rostro, nos desalentaremos frente a
los fracasos y dejaremos de luchar por alcanzar la santidad
de vida a la que estamos llamados. Ver el rostro
de Cristo es revisar cada noche nuestro programa de reforma
de vida, aceptar humildemente nuestras derrotas, dar gracias por los
éxitos y proponernos ser mejores el día siguiente para parecernos,
para convertirnos más a Cristo. Ver el rostro de Cristo
y motivarnos en nuestra vida, debe ser una misma cosa.
Orden
Trabajar con orden, con método. Trabajar con nuestro programa de
reforma de vida. En los negocios, en los proyectos, existe
una ruta crítica que debemos seguir; un programa una guía
un calendario. Los pilotos de vuelos, los capitanes de barco
siguen una bitácora de viaje para llegar a tiempo y
sanos y salvos a su destino. Los mejores platillos en
la cocina se preparan siguiendo minuciosamente las recetas. Las tareas
en la escuela se realizan siguiendo un orden. Si queremos
conseguir algo estable y duradero debemos seguir un orden. Lo
mismo en nuestra vida espiritual. Hay que fijarnos metas, hay
que dar los pasos necesarios para adquirir esas metas. Es
necesario un orden. Tu puedes fijarte en tu programa de
reforma de vida las metas para cada mes. Recuerda lo
que decía Tomás de Kempis en su libro “La imitación
de Cristo”: “Si cada año quitáramos de nuestra vida un
defecto, al final de nuestras vidas seríamos santos”. Pero para
quitar un defecto cada año es necesario trabajar con orden,
con constancia. “Festina lente”, despacio, que voy deprisa, decían los
latinos. Tenemos prisa por ser santos, pero debemos trabajar cada
día luchando por adquirir la virtud necesaria para combatir nuestro
defecto dominante.
Recuerda el motor, motivación y orden en el momento
de ponerte a trabajar en tu programa de reforma de
vida.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
El.escrito sobre la voluntaz,me servira de gran ayuda para hacer el trabajo solidario que acabo de empezar .Les doy mis mas sincers gracias y que DIOS TODO PODEROSO permanezca por siempre en nuestra ALMA
me gusta mucho esta reflexion,y me da animo para
seguir adelante,estoy tratando de dejar de fumar y
lo que me hacia falta era exactamente esto,fuerza de
voluntad.gracias
Consultores
de la sección Acompañamiento y ayuda espiritual. Dudas acerca de la oración y la vida espiritual en general; problemas de fe y de cuestiones morales y éticas. En general, cualquier duda acerca del desarrollo espiritual y apostólico en tu vida
Ver todos los consultores