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Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net ¿Contarle mis pecados a un sacerdote?
El sacerdote está haciendo un servicio, que es actuar en nombre de Cristo
¿Contarle mis pecados a un sacerdote?
Cristo, durante su vida pública hizo muchos actos públicos de
perdón de los pecados y en ninguno aparece que pidiera
la lista de pecados del pecador. ¿Por qué
no confesarnos directamente con Dios?
No hay que olvidar que la
Sagrada Escritura es sólo uno de los caminos por los
que llegamos a la Revelación de Cristo. El otro es
la Tradición de la Iglesia, es decir, lo que aprendió
la Iglesia a partir del testimonio directo de los apóstoles
que vivieron junto a Jesús. De hecho, el Nuevo Testamento
lo escriben los mismos apóstoles y discípulos que o bien
vivieron junto a Jesús, como es el caso de Mateo
y de Juan, o bien escucharon el testimonio de aquellos
Apóstoles que vivieron en la intimidad con Él, como es
el caso de Lucas y Marcos, por ejemplo. Y la
Tradición ha sido siempre muy fiel a las enseñanzas de
Jesucristo, fiel hasta dar la vida con tal de no
modificar sus enseñanzas.
La primera Iglesia vivía una forma de
confesión en la que se decían los pecados en privado
al Obispo de la comunidad y luego se recibía la
penitencia. En esto veía la Iglesia una forma de ser
fiel a la dinámica de la Encarnación, que buscaba siempre
la salvación del hombre a través de la naturaleza humana
y al mismo tiempo respondía a una constante del corazón
humano, que es la necesidad se saberse objetivamente perdonado, de
escuchar "te perdono".
No se trata de confiar en el
perdón, sino de tener la certeza de que Dios está
actuando a través de medios humanos, según Él ha querido
actuar siempre, desde su encarnación (Cf Mateo 18,18; Juan 20,23;
Mateo 28,18-29). El sacerdote no está ahí por morbo, sino
como conducto humano entre Dios y el hombre. Él olvida
todo y no puede hacer uso de lo que tú
le dices pues le obliga el secreto sacerdotal, que por
gracia de Dios, nunca ha sido violado por ningún sacerdote
en toda la historia de la Iglesia.
El sacerdote está
haciendo un servicio, que es actuar en nombre de Cristo.
Jesús podía conocer directamente al alma e incluso no hacía
falta que hiciese público que perdonaba los pecados. Bastaba con
su deseo y ya estaba. Que Él quisiera decir en
público que los perdonaba era otra cosa, pero hoy no
puede hacerlo. Necesita servirse de la Iglesia, que no tiene
el poder de conocer el alma del pecador de modo
intuitivo. Por eso escucha el pecado y da el perdón.
Es una simple tarea de intermediario.
¿Cómo lo hacían en
otras épocas en que no existía esta forma de confesión?
En
todas las épocas de la vida de la Iglesia ha
habido siempre una confesión individual. Hay muchos libros publicados por
autores que se han dedicado a estudiarlo a fondo sobre
documentos históricos y todos recogen siempre alguna forma de confesión
individual. Es cierto que la forma de confesar los pecados
que ahora vivimos fue instituida por los monjes irlandeses, pero
antes, cuando se imponía públicamente la penitencia y se absolvía
en público al penitente después de cumplirla, siempre la imposición
de la penitencia estaba precedida de una exposición rigurosa de
los pecados al obispo, cosa que se hacía en particular.
También, muchas veces, la imposición de la penitencia solía hacerse
en particular, excepto cuando se trataba de pecados públicos.
¿Se puede
exigir al hombre de hoy esta única forma de confesión?
Sí. El hombre es una unidad psicosomática, es decir, compuesto
de cuerpo y alma. Es claro que el perdón de
los pecados es algo que se refiere al alma, pero
también es claro que el ser humano necesita escuchar ese
"te perdono" que da tanta tranquilidad. Seguramente, tú has tenido
dificultades en tu trato con alguna persona a la que
aprecias mucho. Siempre pasa en las relaciones humanas. ¿No es
verdad que cuando quieres "arreglar las cosas" necesitas escuchar que
la otra persona te perdona"? Si no, no te quedas
tranquilo.
¿Debemos de dar tantas vueltas al tema, cuando creemos
de verdad en la misericordia y el perdón de Dios?
No, si se las damos es porque nos cuesta aceptar
que con un acto simple como exponer nuestros pecados y
recibir la absolución de un sacerdote se nos perdone algo
tan grave como es una ofensa a Dios. O también
se las damos porque nuestra naturaleza herida por el pecado
no quiere humillarse delante del confesor y prefiere arreglarse de
otra forma.
¿No es mucho más importante el arrepentimiento sincero que
el cumplimiento de una norma de la Iglesia?
Efectivamente, tanto
que sin él no hay perdón de los pecados porque
es la condición para alcanzarlo. Pero una cosa no quita
la otra. El arrepentimiento, si es sincero, se expresa aceptando
humildemente las normas de la Iglesia que no son inventadas,
sino basadas en la Tradición de la Iglesia.
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