Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos
Mateo 9, 36-38, 10-8, Tiempo Ordinario. Su amor y su amistad no tienen medida, ni conocen límites ni fronteras.
La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos
Mateo 9, 36-38, 10, 8
Al ver a la multitud, tuvo
compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no
tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es
abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de
los sembrados que envíe trabajadores para su cosecha". Jesús convocó
a sus doce discípulos y les dio el poder de
expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad
o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en
primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés;
luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe
y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de
Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el
mismo que lo entregó. A estos Doce, Jesús los envió
con las siguientes instrucciones: "No vayan a regiones paganas, ni
entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio,
a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el
camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a
los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente,
den también gratuitamente.
Reflexión
Joven: ¡el Evangelio del día de
hoy es especialmente PARA TI!. Fíjate bien: “Al ver Jesús
a las personas –nos dice san Mateo– se compadecía de
ellas, porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no
tienen pastor”. Si la persona del Papa nos atrae tanto,
¡imagínate cómo sería nuestro Señor Jesucristo! Toda su personalidad era
fascinante y cautivadora. Su palabra y su talante seducía a
multitudes enteras. “Le seguían grandes muchedumbres de Galilea, de la
Decápolis, de Jerusalén y de Judea, y del otro lado
del Jordán” -nos cuenta el evangelista- “y mucha gente, oyendo
lo que hacía, acudía a Él” (Mt 4,25; Mc 3,8).
Él era de un corazón infinito, generoso, delicado, fuerte, noble,
¡todo lo que tú puedas soñar y pensar de un
corazón humano!
Él era verdadero Hombre. Y, además, verdadero Dios.
Su amor y su amistad no tienen medida, ni conocen
límites ni fronteras. Él es el único que nos ama
como somos, a pesar de nuestras limitaciones y caídas, y
su amor es fuerte, incondicional, dulce y total. Él es
fiel. Nunca nos engaña ni nos puede fallar.
“Jesús se compadecía
de las multitudes”. El verbo griego del texto original -el
que emplea aquí el evangelista– significa literalmente “se le conmovían
sus entrañas”. Es un sentimiento profundamente humano, de una exquisita
ternura paternal –o maternal–, como nos recuerda el profeta Oseas
en aquellas palabras llenas de emoción, que nos hablan del
amor de Dios a su pueblo: “Cuando Israel era niño
yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo...
Yo enseñé a andar a Efraím, lo levantaba en brazos,
pero no reconoció mis desvelos por curarle. Lo atraía con
ligaduras humanas, con lazos de amor. Fui para ellos como
quien alza a una criatura contra su mejilla, y me
bajaba hasta ella para darle de comer...Se me conmueven mis
entrañas y mi corazón dentro de mí...” (Os 11, 1-8).
Éste es el amor de Dios a sus elegidos, el
amor que Cristo nos tiene a cada uno de nosotros.
Pero
el de Cristo no es un sentimiento estéril, sino un
compromiso eficaz y operante. El fruto inmediato de esa
compasión que siente hacia las multitudes es la elección de
sus Apóstoles. “La mies es abundante –les dice–, pero los
trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies
que mande trabajadores a su mies”. Y a continuación aparecen
los nombres de los elegidos: los doce Apóstoles, y los
envía, haciéndolos partícipes de su propia misión.
¿Y no has pensado
tú, querido amigo o amiga, que tal vez tu nombre
podría estar también incluido entre éstos? ¿No has sentido alguna
vez en tu interior la llamada dulce y serena del
Señor, que te invita a seguirlo y a ir detrás
de Él? ¿No te estará diciendo que Él te quiere
como amigo predilecto, como sacerdote, como religioso o religiosa, como
misionero? O sin duda te llama a una vocación seglar
de mayor entrega a Él y al apostolado. Dios ama
a los jóvenes con un amor especialísimo, como se ama
la vida, la pureza, la fuerza y la plenitud; y
el reto que Él nos presenta es para almas grandes,
para corazones nobles, para espíritus magnánimos y generosos como el
tuyo.
No tengas miedo a decirle que “sí”, como Pedro, Santiago,
Juan o el resto de los Doce. Si Él nos
da la carga, también nos también las fuerzas para llevarla
adelante. Así nos lo atestigua el mismo Evangelio de hoy:
Cristo da a sus Apóstoles el poder que necesitan para
cumplir la misión que les encomienda. Y, además, Él está
a nuestro lado, siempre nos acompaña en nuestro camino.
Así, pues,
si sientes alguna voz dentro de ti o piensas que
Cristo te puede estar llamando a seguirlo, sé valiente y
generoso. Y si quisieras algún consejo u orientación vocacional, puedes
seguir conversando conmigo, a través de Catholic.net. Me encuentras en
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bendiga, y hasta pronto!
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