Autor: P. Sergio Córdova | Fuente: Catholic.net La luz y la sal
Mateo 5, 13-16. Tiempo Ordinario. La luz es la fe, el amor y la vida de cara a la verdad. Las tinieblas son la incredulidad, la hipocresía, el odio, el no abrir el corazón ni aceptar a Cristo.
La luz y la sal
Mateo 5, 13-16
Vosotros sois la sal de la tierra. Mas
si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?
Ya no sirve para nada más que para ser tirada
afuera y pisoteada por los hombres. " Vosotros sois la
luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en
la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una
lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el
candelero, para que alumbre a todos los que están en
la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en los cielos.
Reflexión
Hace apenas dos domingos reflexionábamos
en el valor y en el sentido de la luz.
Y terminábamos nuestra breve reflexión con la autoproclamación del mismo
Jesucristo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12).
Lucas nos cuenta que, cuando nació Jesús en Belén, se
apareció un ejército celestial a un grupo de pastores para
darles la buena nueva y la gloria del Señor los
envolvió con su luz (Lc 2, 9). Y el anciano
Simeón, cuando ve entrar a María y a José al
templo para presentar el Niño al Señor, lo toma en
brazos y lo llama “luz para iluminar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 32).
San Juan,
por su parte, nos dice que en Cristo, “estaba la
vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no
la acogieron” (Jn 1, 4). Y, un poco más adelante:
“Él era la luz verdadera que, viniendo a este mundo,
ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo y por
Él fue hecho el mundo, pero el mundo no le
conoció” (Jn 1, 9-10).
Aparece aquí nuevamente el tema de la
luz y de las tinieblas, del que hablamos hace dos
semanas. San Juan trata repetidamente de esta realidad en su
evangelio y en sus cartas. Efectivamente, Cristo mismo se definió
“el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6);
y afirmó que “el que crea en Él, no perecerá,
sino tendrá la vida eterna... El que cree en Él,
no es juzgado, pero el que no cree en Él
ya está juzgado porque no creyó en el nombre del
Unigénito Hijo de Dios. Y el juicio consiste en que
vino la luz al mundo, y los hombres amaron más
las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”
(Jn 3, 16.18-19).
La luz es la fe, el amor y
la vida de cara a la verdad. Las tinieblas son
la incredulidad, la hipocresía, la mentira, el odio, el no
abrir el corazón ni aceptar a Cristo. El mismo Juan
resume así todo el objetivo de su evangelio: “Estas cosas
(semeia) fueron escritas para que creáis que Jesús es el
Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida
en su nombre” (Jn 20, 31). Éste es como el
núcleo central y el “leitmotiv” de su mensaje.
Pero no basta
con que Jesús sea la luz del mundo. Él quiere
que también nosotros, cada cristiano, sea también luz del mundo:
“Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal
de la tierra” (Mt 5, 13-14).
Y enseguida nos explica este
apoftegma: “Si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará?
Para nada sirve ya, sino para tirarla y que la
pisen los hombres”. Está claro que la sal es para
salar y para dar sazón a la comida. En nuestra
sociedad consumista, la sal es un ingrediente que carece prácticamente
de valor porque nos hemos acostumbrado a tenerla. Y, además,
es muy fácil conseguirla y cuesta poco. Pero si, por
enfermedad o por algún otro motivo, nos vemos privados temporalmente
de ella, nos damos cuenta de cuán necesaria es en
la vida.
Pero no sólo. Hoy en día contamos con refrigeradores,
neveras y conservantes. En el tiempo de Jesús nada de
esto existía. La sal era usada también para conservar los
alimentos –sobre todo las carnes y el pescado— y era
un elemento indispensable para que no se descompusieran.
Cuando el Señor
nos dice que los cristianos debemos ser sal de la
tierra, nos está diciendo que tenemos que dar sabor y
sazón al alimento; pero también que debemos servir como conservantes
para que el mundo no se pudra en su pecado
y en sus vicios. Tenemos que ser como la levadura
en la masa, o como el alma en el cuerpo.
A este propósito, existe un bello texto espiritual de la
época de los Padres, llamado “Carta a Diogneto”, que habla
sobre la misión de los cristianos en el mundo. Dice
así: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres
ni por el lugar en que viven, ni por su
lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen
ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un
género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido
inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos; ni
profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.
Viven
en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte;
siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en
el vestir como en todo su estilo de vida; y,
sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable
y, a juicio de todos, increíble.
Habitan en su propia
patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos,
pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es
patria para ellos, pero están en toda patria como en
tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos,
pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen
la mesa en común, pero no el lecho.
Viven en la
carne, pero no según la carne. Viven en la tierra,
pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes
establecidas, y con su modo de vivir superan esas leyes.
Aman a todos, y todos los persiguen. Se les condena
sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben
la vida.
Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo,
pero abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les
sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello
atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con
ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien,
y son castigados como malhechores; y, al ser castigados con
la muerte, se alegran como si se les diera la
vida. Los judíos los combaten como a extraños y los
gentiles los persiguen; y, sin embargo, los mismos que los
aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.
Para decirlo
en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo
que el alma en el cuerpo. El alma, en efecto,
se halla esparcida por todos los miembros el cuerpo; así
también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades
del mundo.
El alma habita en el cuerpo, pero no procede
del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no
son del mundo. El alma invisible está encerrada en la
cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el
mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y
combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno,
sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el
mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de
ellos porque se oponen a sus placeres.
El alma ama al
cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste
la aborrece; también los cristianos aman a los que los
odian. El alma está encerrada en el cuerpo; también los
cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una
cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del
mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también
los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan
la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación
en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados,
se multiplican más y más. Tan importante es el puesto
que Dios les ha asignado del que no les es
lícito desertar” (Carta a Diogneto, cap. 5-6).
Esto significa ser sal
de la tierra. Esto significa ser luz del mundo. Ojalá
que cada uno de los cristianos estemos a la altura
de esta noble y excelsa misión para que, con nuestro
testimonio y nuestra vida santa, hagamos que este mundo viva
de un modo más humano y cada día más cerca
de Dios.
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Creo sobre este pasaje biblico de ser sal y luz del mundo dirigido a la humanidad por nuestro salvador en el sermon del monte(si no me equivoco) es una fuerza mas y vital para el alma y espiritu cristiano de convertirnos projundamente en Cristo y en su verdad(su espiritu y su corazon) y rebosar hacia nuestro entorno real y terrena para iluminar con espiritu de sabiduria que nos dona Cristo y su Padre para responder eficazmente a circunstancias actuales que pareciera vislumbrarse estructuras del materialismo.
Nuesttra mision cristiana debe aglutinarse desde el mensaje de cristo en su evangelio de salvacion y por estas obras que desarrollemos en nuestras vidas seamos unidos con lo eterno(esperanza cristiana).
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