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Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net La mañana de Pascua
Mateo 28, 8-15. Pascua. Que la “Pascua” por nuestras vidas no nos deje indiferentes, que nos libere y transforme.
La mañana de Pascua
Mateo 28, 8-15
En aquel tiempo, las mujeres se marcharon
a toda prisa del sepulcro; con miedo y gran gozo,
y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En
esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios
os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies
y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id,
avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán». Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a
la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo
que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo
y dieron una buena suma de dinero a los soldados,
advirtiéndoles: «Decid: "Sus discípulos vinieron de noche y le robaron
mientras nosotros dormíamos." Y si la cosa llega a oídos
del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos
tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas.
Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el
día de hoy.
Reflexión:
La Pascua se refiere al paso del
Señor sobre la tierra de Egipto antes de la liberación
del pueblo de Israel. Aquella noche, Yahvéh hizo sentir el
brazo de su justicia sobre los egipcios y liberó al
pueblo elegido. Su paso no fue indiferente. Para todo cristiano,
la Pascua, no puede sucederse sin más. La vida de
estas mujeres de las que nos habla el Evangelio, no
fue la misma después del encuentro con Cristo Resucitado. Los
resucitados son los que tienen un «plus» de vida, un
«plus» que les sale por los ojos brillantes y que
se convierte enseguida en algo contagioso, algo que demuestra que
la vida es más fuerte que la muerte.
El Evangelio
de hoy nos ofrece dos de las posturas que podemos
adoptar tras la Resurrección del Señor. Por una lado, las
mujeres que se acercan a los pies de Jesús, se
postran y le adoran; por otro, los guardias y los
príncipes de los sacerdotes han visto, saben lo que ha
ocurrido, pero se niegan a aceptarlo. Vendieron su libertad, su
salvación e incluso, un recuerdo digno en la memoria de
la historia: «Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta
el día de hoy».
Y es que, no basta ir
a la playa para mojarse. Hace falta ponerse el bañador
y sumergirse sin miedo en el agua, penetrando las profundidades
del mar. Dejémonos penetrar por la fuerza de la Resurrección
del Señor. Que su “Pascua” por nuestras vidas no nos
deje indiferentes, que nos libere y nos transforme como lo
hizo con los primeros cristianos que fueron capaces, incluso, de
dar su vida por la causa del anuncio de la
Buena Nueva. «El Evangelio de Jesucristo es un mensaje de
libertad y una fuerza de liberación. Liberación es, en primer
lugar y de modo más importante, liberación radical de la
esclavitud del pecado. Es el fin y el objetivo la
libertad de los hijos de Dios, como don de la
gracia». (Libertatis Nuntius, Introducción). Acerquémonos a Jesús Resucitado como aquellas
mujeres y, postrados de rodillas, adorémosle, pidámosle que nos libere
con su gracia de todo aquello que nos impida ser
testimonios de alegría y de amor para nuestros hermanos.
_____________________________ El Viernes
Santo, empezó la Novena a la Divina
Misericordia. cuya fiesta se celebra el domingo siguiente a la
Resurrección.
Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
"En nuestros tiempos, muchos son los fieles cristianos de
todo el mundo que desean exaltar esa misericordia divina en
el culto sagrado y de manera especial en la celebración
del misterio pascual, en el que resplandece de manera sublime
la bondad de Dios para con todos los hombres.
Acogiendo pues
tales deseos, el Sumo Pontífice Juan Pablo II se ha
dignado disponer que en el Misal Romano, tras el título
del Segundo Domingo de Pascua, se añada la denominación "o
de la Divina Misericordia" ..... " (Fragmento del Decreto de
la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, de 5 de mayo de 2000.
Indulgencias en el Segundo Domingo de Pascua o de la
Divina Misericordia
"Se concede la indulgencia plenaria, con
las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por
las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el
domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en
cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto
a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad
realizados en honor de la Misericordia divina, o al menos
rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente
expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el
Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por
ejemplo, "Jesús misericordioso, confío en ti")".
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