Autor: P Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net Alégrate llena de gracia
Lucas 1, 26-38. Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Contemplar hoy a María Inmaculada es encontrar un motivo de esperanza y de compromiso.
Alégrate llena de gracia
Del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38
Al sexto
mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una
ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con
un hombre llamado José, de la casa de David; el
nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se
conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado
gracia delante de Dios; vas a concebir en el
seno y vas a dar a luz un hijo, a
quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será
llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará
el trono de David, su padre; reinará sobre la casa
de Jacob por los siglos y su reino no tendrá
fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que
no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo
vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por eso el que ha de
nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira,
también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su
vejez, y este es ya el sexto mes de aquella
que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios».
Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.
Oración introductoria
María, madre mía, vengo a agradecerte todas las gracias
que recibo por tu medio y a consagrarte todos mis
pensamientos, palabras y obras. Gracias por tu ejemplo de fidelidad
a tu vocación. Tómame de la mano y guíame en
esta oración para poder recibir las luces del Espíritu Santo
y corresponder generosamente.
Petición
María, intercede por mí para que en mi
vida triunfe siempre la gracia de Cristo.
Meditación del Papa
Cada día,
la oración del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar
unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio
de la encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando
las primeras horas del día comienzan a hacer sentir el
peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan
gracias a la contemplación del "sí" de María. Ese "sí"
limpio y sin reservas se enraíza en el misterio de
la libertad de María, libertad plena y total ante Dios,
sin ninguna complicidad con el pecado, gracias al privilegio de
su Inmaculada Concepción. Este privilegio concedido a María, que la
distingue de nuestra condición común, no la aleja, más bien
al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado
divide, nos separa unos de otros, la pureza de María
la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada
uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Benedicto
XVI, 14 de septiembre de 2008.
Reflexión
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
de María.
Nadie mejor que Ella, la Virgen Madre del
Redentor, nos puede ayudar a disponernos interiormente para el nacimiento
de su divino Hijo.
Recuerdo que, cuando era niño, escuché de
los labios de mi madre una oración bellísima, que siempre
me ha fascinado: "Bendita sea tu pureza/ y eternamente lo
sea,/ pues todo un Dios se recrea/ en tan graciosa
belleza./ A ti, celestial Princesa,/ amada Virgen María,/ te ofrezco
en este día/ alma, vida y corazón./ Mírame con compasión,/
y no me dejes, Madre mía./ Amén". En esta sencilla
plegaria, al igual que en el Avemaría, se encuentra condensada
la fe del pueblo cristiano que reza a María, su
Madre, invocándola con el singular título de "Inmaculada".
La Iglesia Católica,
casi desde sus inicios, consideró a la Virgen María como
purísima y sin ninguna mancha de pecado original. Muchos Santos
Padres y teólogos habían defendido la pureza intacta de María,
como, por ejemplo, san Gregorio Nazianceno, Orígenes, Tertuliano, san Basilio
de Cesarea, san Cirilo de Alejandría, san Efrén de Siria,
san Ambrosio y san Agustín. Pero, curiosamente, el dogma de
la Inmaculada Concepción no fue definido sino hasta el año
1854 por el Papa Pío IX, de feliz memoria. En
la bula "Ineffabilis Deus" proclamaba solemnemente que "la Bienaventurada Virgen
María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original
desde el primer instante de su concepción por singular gracia
y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos
de Jesucristo, Salvador del género humano". Son las palabras textuales
de la declaración de este dogma de fe.
El Evangelio de
la fiesta de hoy nos presenta el pasaje de la
Escritura en el que la Iglesia ha visto de forma
clara, pero implícita, la afirmación de este dogma mariano. "Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo" son las palabras
que el ángel dirige a María, al entrar a su
presencia, para comunicarle el mensaje que le traía de parte
de Dios. Esta definición, "llena de gracia", le viene aplicada
a María en un sentido pleno y total. Ella es
la "toda hermosa", la “tota Pulcra”, como siempre la han
llamado todos los cristianos desde tiempo inmemorial y como canta
la Iglesia en las vísperas de esta festividad.
La palabra "gracia"
-del griego, "charis".puede significar “favor, perdón, amnistía" –como cuando decimos
que un condenado a muerte ha obtenido la gracia–. Pero
significa también "belleza, encanto, fascinación". Y éste es el sentido
que se aplica aquí a María. Ella es la más
bella de todas las creaturas; pero no nos referimos sólo
a una belleza física, sino sobre todo espiritual: la belleza
de su alma por sus virtudes, por su santidad, por
la elección divina; porque ha sido totalmente preservada de la
mancha del pecado; en una palabra, porque en Ella, en
su vientre, alma y corazón, reside el mismo Dios. Ella
es "llena de gracia" porque es toda pura y porque
Dios la ha elegido para ser la Madre de su
Hijo. Ella es “graciosa” porque ha sido "agraciada" de parte
de Dios. Ella es, en efecto, "la más hermosa de
entre todas las mujeres, la amada del Señor, en quien
no hay ninguna tacha" –como canta poéticamente el Cantar de
los Cantares-.
Fedor Dostojevskji decía que "el mundo será salvado por
la belleza". Y tenía razón. Pero por esta belleza espiritual
que resplandece en el alma de María; por la belleza
sin igual de sus virtudes, de su santidad, de su
pureza virginal y de su condición de Virgen y Madre
Inmaculada.
Ojalá que también nosotros, todos los cristianos, imitemos a nuestra
Madre del cielo en su pureza de cuerpo y alma.
¡Son tan hermosas las almas puras! Ojalá los jóvenes y
las jovencitas entendieran que la verdadera belleza, la que nunca
acaba y la que siempre perdura no es la belleza
caduca y engañosa que se exhibe en las formas del
cuerpo, sino la belleza limpia del alma santa, la inocencia
de la virtud y la pureza del corazón. Pidamos hoy
a María Santísima, nuestra Reina y Madre Inmaculada, que nos
haga cada día un poco más semejantes a Ella.
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