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Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net El triunfo definitivo de María
Lucas 1, 39-56. Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Que asunta hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, guía y compañera de camino hasta la eternidad.
El triunfo definitivo de María
Lucas 1, 39-56.
En aquellos días, se levantó María y
se fue con prontitud a la región montañosa, a una
ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó
a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el
saludo de María, saltó de gozo el niño en su
seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y
exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde
a mí que la madre de mi Señor venga a
mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de
tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que
le fueron dichas de parte del Señor!Y dijo María: Engrandece
mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en
Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la
humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor
maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia
alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que
son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados
de sus tronos y exaltó a los humildes. A los
hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin
nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia-
como había anunciado a nuestros padres - en favor de
Abraham y de su linaje por los siglos. María permaneció
con ella unos tres meses, y se volvió a su
casa.
Reflexión
Hay, en Jerusalén, dos basílicas cristianas dedicadas a la
Asunción de la Santísima Virgen. Una, más pequeña y modesta
en su fachada, pero muy hermosa por dentro, se encuentra
al lado del huerto de Getsemaní. Está en el fondo
del torrente Cedrón y muy cerquita de la basílica de
la “Agonía” o de “Todas las naciones”. La fachada es
cruzada, pero el interior es la cripta de la primitiva
iglesia bizantina construida a finales del siglo IV, durante el
reinado de Teodosio el Grande (379-395). Y se cree que
en este santo lugar yació el cuerpo de la Virgen
María antes de ser asunta a los cielos.
La otra iglesia,
ubicada en el Monte Sión, es una de las iglesias
católicas más grandes y más magníficas de Jerusalén, y se
le conoce con el nombre de “iglesia de la Dormición”,
pues en ella se pretende recordar y celebrar el “tránsito”
de la Virgen de este mundo al otro. Está ubicada
a unos cuantos pasos del Cenáculo, en donde nuestro Señor
celebró la Última Cena con sus discípulos y en donde
instituyó la Eucaristía.
Otra tradición dice que María murió en Éfeso,
bajo el cuidado del apóstol san Juan. Pero no consta,
ni parece verosímil que la Virgen se fuera a una
ciudad tan lejana, ya anciana, siendo que en Jerusalén tendría
a muchos de sus familiares. Además, la antiquísima veneración del
sepulcro de la Virgen en Getsemaní y la celebración de
la fiesta de la Dormición de María en Jerusalén inclinan
la balanza hacia esta afirmación.
Sea como sea, el hecho es
que, desde los primerísimos años de la Iglesia, ya se
hablaba del “tránsito” de la Santísima Virgen, de su “dormición”
temporal y de su “asunción” a los cielos. Y, sin
embargo, aunque era una creencia general del pueblo cristiano, la
Iglesia no proclamó este dogma sino hasta el año santo
de 1950. Ha sido, hasta el presente, el último dogma
mariano. La bula declaratoria de Pío XII reza así: “Proclamamos,
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada
Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de
su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a
la gloria celestial”.
La Asunción de María no se contiene de
modo explícito en la Sagrada Escritura, pero sí implicítamente. El
texto del Apocalipsis que escuchamos en la primera lectura de
la Misa de hoy puede ser un atisbo, aunque no
tiene allí su fundamento bíblico. Más bien, los Santos Padres
y los teólogos católicos han visto vislumbrada esta verdad en
tres elementos incontestables de nuestra fe: la unión estrecha entre
el Hijo y la Madre, atestiguada en los Evangelios de
la Infancia; la teología de la nueva Eva, imagen de
la mujer nueva y madre nuestra en el orden de
la gracia; y la maternidad divina y la perfecta redención
de María por parte de Cristo. Todo esto “exigía” la
proclamación de la Asunción de nuestra santísima Madre al cielo.
En
efecto, la persuasión de todo el orbe católico acerca de
la excelsa santidad de María, toda pura e inmaculada desde
el primer instante de su concepción; el privilegio singularísimo de
su divina maternidad y de su virginidad intacta; y su
unión íntima e inseparable con Jesucristo, desde el momento de
la Encarnación hasta el pie de la cruz y el
día de la Ascensión de su Hijo al cielo, han
sido siempre, desde los inicios, los argumentos más contundentes para
creer que Dios no permitiría que su Madre se corrompiera
en la oscuridad del sepulcro. Ella no podía sufrir las
consecuencias de un pecado que no había conocido jamás.
“Con
razón no quisiste, Señor –rezamos en el prefacio de la
Misa de hoy— que conociera la corrupción del sepulcro la
mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno
al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor
nuestro”.
La Asunción de nuestra Madre santísima constituye, además, una
participación muy singular en la Resurrección de su Hijo y
una anticipación de la resurrección y del triunfo definitivo de
los demás cristianos, hijos suyos.
Ella, glorificada ya en los cielos
en cuerpo y alma, es la imagen y primicia de
la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo
futuro. Y ya desde ahora, María brilla ante el pueblo
de Dios, aún peregrino en este mundo, como faro luminoso,
como estrella de la mañana, como señal de esperanza cierta,
como causa de nuestra alegría, como auxilio de los cristianos,
refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos. ¡El
triunfo de María es ya nuestro triunfo!
Quisiera terminar esta breve
reflexión con un hermoso texto de san Bernardo: “No se
aparte María de tus labios ni de tu corazón; y
para conseguir su ayuda intercesora, no te apartes tú de
los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la
sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si
la contemplas. Si ella te tiene de su mano, no
caerás; si te protege, nada tendrás que temer; si ella
es tu guía, no te fatigarás; y si ella te
ampara, llegarás felizmente al puerto”.
¡Acójamos hoy a su regazo
maternal y que María santísima, asunta hoy al cielo, sea
siempre nuestra Madre, nuestra guía, nuestra protectora y abogada, nuestra
reina y nuestra compañera de camino hasta la eternidad!
Hoy celebramos la Solemnidad
de La Asunción de la Virgen María,la
más solemne de las fiestas que la Iglesia celebra en
su honor. Este día festejamos todos los misterios de su
vida. Es la celebración de su grandeza, de todos sus
privilegios y virtudes, que también se celebran por separado en
otras fechas.
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