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Autor: Pedro Gracía. Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net Mi Reino no es de este mundo
Juan 18, 33-37. Cristo Rey. Jesucristo nuestro Señor, Rey universal. No quita los reinos de la tierra el que a todos da el Reino de los Cielos.
Mi Reino no es de este mundo
Juan 18, 33-37
En aquel tiempo preguntó Pilato a Jesús: «¿Eres
tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó:
«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho
otros de mí?» Pilato le respondió: «¿Acaso soy yo judío?
Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a
mí. ¿Qué has hecho?» Jesús le contestó: «Mi Reino
no es de este mundo. Si mi Reino fuera de
este mundo, mis seguidores habrían luchado para que no cayera
en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no
es de aquí». Pilato le dijo: Conque ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:«Tú lo dices: soy Rey. Yo nací y
vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo
el que es de la verdad, escucha mi voz».
Reflexión
Hemos llegado
al último domingo del tiempo ordinario, antes de iniciar el
período del adviento. Y la Iglesia siempre celebra y proclama
en este día a Jesucristo, Rey universal.
Las lecturas de
la Misa de hoy nos presentan al Cristo Rey ya
glorificado y Señor de la historia: en el Apocalipsis aparece
Jesucristo, “el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos,
el Príncipe de los reyes de la tierra”. Él es
“el que es, el que era y el que viene”;
o sea el Eterno, el Todopoderoso. Es este mismo Jesús
glorificado a quien contempla el profeta Daniel en su visión
apocalíptica: “Yo vi en una visión nocturna venir a un
Hijo de hombre sobre las nubes del cielo, y a
Él se le dio el poder, honor y reino. Y
todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder
es eterno, no cesará; su reino no acabará”.
En el Evangelio,
en cambio, vemos al Jesús “terreno”, al Jesús histórico, que
comparece ante Pilato poco antes de ser condenado a muerte
y colgado sobre la cruz. Y aparece el Cristo Hombre
en toda su majestad y grandeza, como prefigurando ya su
divinidad: “Tú lo dices –responde a Pilato—: Soy Rey. Yo
para esto he nacido y para esto he venido al
mundo”…. ¡Sí! Para ser Rey.
Pero Cristo no es un rey
cualquiera: “Mi reino no es de este mundo”. No es
un reino de honores, de riquezas, de poderes y dignidades
como lo entiende el mundo. Su reino es de una
dimensión trascendente y muy superior. No es un reino terreno,
sino celestial. Es un reino de amor, de justicia, de
gracia y de paz; un reino que está muy por
encima de las ambiciones humanas. Un reino que heredarán los
pobres, los mansos, los que sufren, los misericordiosos, los humildes,
los pacíficos, los perseguidos… Un reino, en definitiva, que poseeremos
plenamente en la otra vida, pero que ya ha iniciado
desde ahora.
Hay en la Biblia una relación, de suma importancia,
sobre la unción de David en Hebrón como rey de
Israel. Dios lo había escogido hacía muchos años, en sustitución
de Saúl. Pero la vida de David había sido hasta
el presente muy azarosa. Al principio fue fulgurante, cuando, matado
con la honda el gigante Goliat, salían las muchachas bailando
y cantando: - ¡Saúl ha matado mil, y David ha
liquidado a diez mil!
Era como decir: el próximo rey será
David. Y le entraron los celos a Saúl, que, de
amigo, se convirtió en enemigo implacable. Llega un momento en
que David, después de una vida de guerrero valiente y
estratega magnífico, consulta a Dios: - ¿Debo ir a alguna
ciudad de Judá? - Sí; vete a Hebrón.
Allí se establece David,
que desde Samuel había recibido la promesa de que un
día llegaría a ser el rey de todo el pueblo.
Primero le ungen como rey los hombres de Judá, y
en Hebrón reinará siete años. Muerto Saúl, llegan los hombres
de las diez tribus de Israel, que le dicen: - Somos
como huesos tuyos y carne tuya. - ¿Qué queréis decirme
con esto? - Que tú, aunque viviera todavía Saúl, nos
guiabas antes como jefe nuestro. Ahora, ha llegado el momento
de que se cumpla la palabra del Señor sobre ti,
pues te dijo: Tú apacentarás como un pastor a mi
pueblo; tú serás el rey de Israel.
Subido a Jerusalén, allí
reinará treinta y tres años, completando, con los siete de
Hebrón, cuarenta años de reinado sobre el Pueblo de Dios.
Pero, esto será nada más que un signo: a David
le promete Dios darle en uno de sus descendientes un
reino eterno. Cuando llegue el momento, dirá el Angel a
María: - El hijo que vas a tener será
grande; Dios le dará el trono de David, su antepasado;
reinará para siempre sobre Judá, y su reinado no tendrá
fin.
Jesús será Rey. ¡Pero será un Rey tan distinto
del que soñaban los judíos de su tiempo!...
Nos basta
ver cuándo y cómo es proclamado por los demás, y
cómo se proclama Él mismo como Rey, para darnos cuenta
de que va a ser y es un Rey muy
especial. - Mi reino no es de este mundo, le
dice a Pilato, el cual, le pregunta a su vez:
- Entonces, ¿tú eres rey?. - Sí; yo soy
rey.
La investidura de semejante Rey es muy original. Los
hombres lo hacen todo por burla, pero Dios convierte esa
burla en el acto más sagrado y solemne. Herodes, un
miserable reyezuelo, acaba de echarle encima una vestidura brillante y
vieja, para decirle que es un rey loco... Los soldados
brutos, se han dicho: - ¿Que éste es el rey
de los judíos? ¡Pues, vamos a coronarlo! Y le ciñen una
corona de espinas. Pilato lo muestra así al pueblo: -
¡Mirad al hombre! ¡Mirad a vuestro Rey!... Y hace colocar
en el patíbulo de la cruz la causa de su
condena a muerte: - Jesús Nazareno, el Rey de los
judíos.
Está claro, que nuestro Rey Jesús es un Rey
muy especial. En vez de empezar su reinado --conquistado con
su propia sangre-- aplastando a sus enemigos, lo primero que
hace es perdonar: - Padre, perdónalos, que no saben lo
que hacen.
Y al ladrón, que le confiesa como Rey
desde su propia cruz, le promete con gozo inmenso: -
¡Hoy, hoy mismo, estarás conmigo en el paraíso!...
Porque su
reino va a ser esto: un reinado de amor, de
perdón, de santidad, de paz. Y el premio que dará
a los suyos, al final de todo --acabada la guerra
contra todos los enemigos de Dios--, será hacerles participar de
su propio Reino en una gloria inacabable: - Venid, benditos
de mi Padre, venid al reino que os está preparado
desde la creación del mundo.
La Biblia entera, tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento, proclama continuamente al Mesías
o al Cristo como Rey de todas las cosas. La
Iglesia lo ha reconocido mejor que nadie, y modernamente ha
instituido la Fiesta de Jesucristo Rey para recordar a todos
los pueblos que tienen un Soberano con autoridad suprema sobre
todas las naciones. Pero no hay que temerlo. Como canta
un himno de Navidad ante la matanza de los Inocentes,
les dice la Iglesia a todos las palabras dirigidas a
Herodes: No quita los reinos de la tierra el que
a todos da el Reino de los Cielos.
Jesucristo es
Rey para salvar. Si lucha, no es sino contra Satanás,
para arrebatarle su imperio y arrancar de sus garras las
almas que lleva a la perdición. Y Jesucristo se las
arrebata para salvarlas a todas.
Los cristianos somos súbditos fieles
del Rey de reyes. Y estamos comprometidos a ser los
dispensadores de su paz, de su perdón, de su amor.
Ahora, nos toca la lucha de cada día, e ir
teñidos en sangre, como nuestro Rey en el pretorio de
Pilato y en la cruz. ¿El día de mañana?..., nos
tocará ceñir corona de oro y manto de púrpura, como
Jesucristo, el Rey inmortal de los siglos....
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