Autor: . | Fuente: Veritatis Splendor ¿ Qué es un acto moral?
Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos
¿ Qué es un acto moral?
A continuación presentamos algunos artículos de la Encíclica Veritaris Splendor,
que nos ayudarán a encontrar que el obrar humano no
puede ser valorado moralmente bueno sólo porque sea funcional para
alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque
la intención del sujeto sea buena
El acto moral Teleología
y teleologismo
71. La relación entre la libertad del hombre
y la ley de Dios, que encuentra su ámbito vital
y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza
en los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como
el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada
a buscar espontáneamente a su Creador y a alcanzar libremente,
mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena
119.
Los actos humanos son actos morales,
porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre
mismo que realiza esos actos 120.
Éstos no producen sólo un cambio en el estado de
cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas,
califican moralmente a la persona misma que los realiza y
determinan su profunda fisonomía espiritual, como pone de relieve, de
modo sugestivo, san Gregorio Niseno: «Todos los seres sujetos al
devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan
continuamente de un estado a otro mediante un cambio que
se traduce siempre en bien o en mal... Así pues,
ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero aquí
el nacimiento no se produce por una intervención ajena, como
es el caso de los seres corpóreos... sino que es
el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos
en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y,
con nuestra elección, dándonos la forma que queremos» 121.
72. La moralidad de los actos está definida
por la relación de la libertad del hombre con el
bien auténtico. Dicho bien es establecido, como ley eterna, por
la sabiduría de Dios que ordena todo ser a su
fin. Esta ley eterna es conocida tanto por medio de
la razón natural del hombre (y, de esta manera, es
ley natural), cuanto —de modo integral y perfecto— por medio
de la revelación sobrenatural de Dios (y por ello es
llamada ley divina). El obrar es moralmente bueno cuando las
elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien
del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la
persona hacia su fin último, es decir, Dios mismo: el
bien supremo en el cual el hombre encuentra su plena
y perfecta felicidad. La pregunta inicial del diálogo del joven
con Jesús:
«¿Qué he de hacer de bueno para conseguir
la vida eterna?» (Mt 19, 16)
Evidencia inmediatamente el vínculo
esencial entre el valor moral de un acto y el
fin último del hombre. Jesús, en su respuesta, confirma la
convicción de su interlocutor: el cumplimiento de actos buenos, mandados
por el único que es «Bueno», constituye la condición indispensable
y el camino para la felicidad eterna: «Si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). La
respuesta de Jesús remitiendo a los mandamientos manifiesta también que
el camino hacia el fin está marcado por el respeto
de las leyes divinas que tutelan el bien humano. Sólo
el acto conforme al bien puede ser camino que conduce
a la vida.
La ordenación racional del acto humano hacia el
bien en toda su verdad y la búsqueda voluntaria de
este bien, conocido por la razón, constituyen la moralidad. Por
tanto, el obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno
sólo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin
que persigue, o simplemente porque la intención del sujeto sea
buena 122. El obrar es
moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de
la persona al fin último y la conformidad de la
acción concreta con el bien humano, tal y como es
reconocido en su verdad por la razón. Si el objeto
de la acción concreta no está en sintonía con el
verdadero bien de la persona, la elección de tal acción
hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos
y, por consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin
último, el bien supremo, es decir, Dios mismo.
73. El cristiano,
gracias a la revelación de Dios y a la fe,
conoce la novedad que marca la moralidad de sus actos;
éstos están llamados a expresar la mayor o menor coherencia
con la dignidad y vocación que le han sido dadas
por la gracia: en Jesucristo y en su Espíritu, el
cristiano es creatura nueva, hijo de Dios, y mediante sus
actos manifiesta su conformidad o divergencia con la imagen del
Hijo que es el primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm
8, 29), vive su fidelidad o infidelidad al don del
Espíritu y se abre o se cierra a la vida
eterna, a la comunión de visión, de amor y beatitud
con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo 123. Cristo «nos forma según su imagen —dice san Cirilo
de Alejandría—, de modo que los rasgos de su naturaleza
divina resplandecen en nosotros a través de la santificación y
la justicia y la vida buena y virtuosa... La belleza
de esta imagen resplandece en nosotros que estamos en Cristo,
cuando, por las obras, nos manifestamos como hombres buenos» 124.
En este sentido, la vida moral posee un
carácter «teleológico» esencial, porque consiste en la ordenación deliberada de
los actos humanos a Dios, sumo bien y fin (telos)
último del hombre. Lo testimonia, una vez más, la pregunta
del joven a Jesús: «¿Qué he de hacer de bueno
para conseguir la vida eterna?». Pero esta ordenación al fin
último no es una dimensión subjetivista que dependa sólo de
la intención. Aquélla presupone que tales actos sean en sí
mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al
auténtico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos. Esto
es lo que Jesús mismo recuerda en la respuesta al
joven: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»
(Mt 19, 17).
Evidentemente debe ser una ordenación racional y libre,
consciente y deliberada, en virtud de la cual el hombre
es responsable de sus actos y está sometido al juicio
de Dios, juez justo y bueno que premia el bien
y castiga el mal, como nos lo recuerda el apóstol
Pablo: «Es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto
ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba
conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el
bien o el mal» (2 Co 5, 10).
74. Pero, ¿de
qué depende la calificación moral del obrar libre del hombre?
¿Cómo se asegura esta ordenación de los actos humanos hacia
Dios? ¿Sólamente depende de la intención que sea conforme al
fin último, al bien supremo, o de las circunstancias —y,
en particular, de las consecuencias— que contradistinguen el obrar del
hombre, o no depende también —y sobre todo— del objeto
mismo de los actos humanos?
Éste es el problema llamado tradicionalmente
de las «fuentes de la moralidad». Precisamente con relación a
este problema, en las últimas décadas se han manifestado nuevas
—o renovadas— tendencias culturales y teológicas que exigen un cuidadoso
discernimiento por parte del Magisterio de la Iglesia.
Algunas teorías éticas,
denominadas «teleológicas», dedican especial atención a la conformidad de los
actos humanos con los fines perseguidos por el agente y
con los valores que él percibe. Los criterios para valorar
la rectitud moral de una acción se toman de la
ponderación de los bienes que hay que conseguir o de
los valores que hay que respetar. Para algunos, el comportamiento
concreto sería recto o equivocado según pueda o no producir
un estado de cosas mejores para todas las personas interesadas:
sería recto el comportamiento capaz de maximalizar los bienes y
minimizar los males.
Muchos de los moralistas católicos que siguen esta
orientación, buscan distanciarse del utilitarismo y del pragmatismo, para los
cuales la moralidad de los actos humanos sería juzgada sin
hacer referencia al verdadero fin último del hombre. Con razón,
se dan cuenta de la necesidad de encontrar argumentos racionales,
cada vez más consistentes, para justificar las exigencias y fundamentar
las normas de la vida moral. Dicha búsqueda es legítima
y necesaria por el hecho de que el orden moral,
establecido por la ley natural, es, en línea de principio,
accesible a la razón humana. Se trata, además, de una
búsqueda que sintoniza con las exigencias del diálogo y la
colaboración con los no-católicos y los no-creyentes, especialmente en las
sociedades pluralistas.
75. Pero en el ámbito del esfuerzo por elaborar
esa moral racional —a veces llamada por esto moral autónoma—,
existen falsas soluciones, vinculadas particularmente a una comprensión inadecuada del
objeto del obrar moral. Algunos no consideran suficientemente el hecho
de que la voluntad está implicada en las elecciones concretas
que realiza: esas son condiciones de su bondad moral y
de su ordenación al fin último de la persona. Otros
se inspiran además en una concepción de la libertad que
prescinde de las condiciones efectivas de su ejercicio, de su
referencia objetiva a la verdad sobre el bien, de su
determinación mediante elecciones de comportamientos concretos. Y así, según estas
teorías, la voluntad libre no estaría ni moralmente sometida a
obligaciones determinadas, ni vinculada por sus elecciones, a pesar de
no dejar de ser responsable de los propios actos y
de sus consecuencias. Este «teleologismo», como método de reencuentro de
la norma moral, puede, entonces, ser llamado —según terminologías y
aproches tomados de diferentes corrientes de pensamiento— «consecuencialismo» o «proporcionalismo».
El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de
un obrar determinado sólo del cálculo de las consecuencias que
se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisión.
El segundo, ponderando entre sí los valores y los bienes
que persiguen, se centra más bien en la proporción reconocida
entre los efectos buenos o malos, en vista del bien
mayor o del mal menor, que sean efectivamente posibles en
una situación determinada.
Las teorías éticas teleológicas
Proporcionalismo, consecuencialismo, aun reconociendo
que los valores morales son señalados por la razón y
la revelación, no admiten que se pueda formular una prohibición
absoluta de comportamientos determinados que, en cualquier circunstancia y cultura,
contrasten con aquellos valores. El sujeto que obra sería responsable
de la consecución de los valores que se persiguen, pero
según un doble aspecto: en efecto, los valores o bienes
implicados en un acto humano, sería, desde un punto de
vista, de orden moral (con relación a valores propiamente morales,
como el amor de Dios, la benevolencia hacia el prójimo,
la justicia, etc) y, desde otro, de orden pre-moral, llamado
también no-moral, físico u óntico (con relación a las ventajas
e inconvenientes originados sea a aquel que actúa, sea a
toda persona implicada antes o después, como por ejemplo la
salud o su lesión, la integridad física, la vida, la
muerte, la pérdida de bienes materiales, etc).
En un mundo en
el que el bien estaría siempre mezclado con el mal
y cualquier efecto bueno estaría vinculado con otros efectos malos,
la moralidad del acto se juzgaría de modo diferenciado: su
bondad moral, sobre la base de la intención del sujeto,
referida a los bienes morales; y su rectitud, sobre la
base de la consideración de los efectos o consecuencias previsibles
y de su proporción. Por consiguiente, los comportamientos concretos serían
calificados como rectos o equivocados, sin que por esto sea
posible valorar la voluntad de la persona que los elige
como moralmente buena o mala. De este modo, un acto
que, oponiéndose a normas universales negativas viola directamente bienes considerados
como pre-morales, podría ser calificado como moralmente admisible si la
intención del sujeto se concentra, según una responsable ponderación de
los bienes implicados en la acción concreta, sobre el valor
moral considerado decisivo en la circunstancia. La valoración de las
consecuencias de la acción, en virtud de la proporción del
acto con sus efectos y de los efectos entre sí,
sólo afectaría al orden pre-moral. Sobre la especificidad moral de
los actos, esto es, sobre su bondad o maldad, decidiría
exclusivamente la fidelidad de la persona a los valores más
altos de la caridad y de la prudencia, sin que
esta fidelidad sea incompatible necesariamente con decisiones contrarias a ciertos
preceptos morales particulares. Incluso en materia grave, estos últimos deberán
ser considerados como normas operativas siempre relativas y susceptibles de
excepciones. En esta perspectiva, el consentimiento otorgado a ciertos comportamientos
declarados ilícitos por la moral tradicional no implicaría una malicia
moral objetiva.
El objeto del acto deliberado
76. Estas teorías pueden adquirir
una cierta fuerza persuasiva por su afinidad con la mentalidad
científica, preocupada, con razón, de ordenar las actividades técnicas y
económicas según el cálculo de los recursos y los beneficios,
de los procedimientos y los efectos. Pretenden liberar de las
imposiciones de una moral de la obligación, voluntarista y arbitraria,
que resultaría inhumana.
Sin embargo, semejantes teorías no son fieles a
la doctrina de la Iglesia, en cuanto creen poder justificar,
como moralmente buenas, elecciones deliberadas de comportamientos contrarios a los
mandamientos de la ley divina y natural. Estas teorías no
pueden apelar a la tradición moral católica, pues, si bien
es verdad que en esta última se ha desarrollado una
casuística atenta a ponderar en algunas situaciones concretas las posibilidades
mayores de bien, es igualmente verdad que esto se refería
solamente a los casos en los que la ley era
incierta y, por consiguiente, no ponía en discusión la validez
absoluta de los preceptos morales negativos, que obligan sin excepción.
Los fieles están obligados a reconocer y respetar los preceptos
morales específicos, declarados y enseñados por la Iglesia en el
nombre de Dios, Creador y Señor 125. Cuando el apóstol Pablo recapitula el cumplimiento de la
Ley en el precepto de amar al prójimo como a
sí mismo (cf. Rm 13, 8-10), no atenúa los mandamientos,
sino que, sobre todo, los confirma, desde el momento en
que revela sus exigencias y gravedad. El amor a Dios
y el amor al prójimo son inseparables de la observancia
de los mandamientos de la Alianza, renovada en la sangre
de Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Es
un honor para los cristianos obedecer a Dios antes que
a los hombres (cf. Hch 4, 19; 5, 29) e
incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han
hecho los santos y las santas del Antiguo y del
Nuevo Testamento, reconocidos como tales por haber dado su vida
antes que realizar este o aquel gesto particular contrario a
la fe o la virtud.
77. Para ofrecer los criterios racionales
de una justa decisión moral, las mencionadas teorías tienen en
cuenta la intención y las consecuencias de la acción humana.
Ciertamente hay que dar gran importancia ya sea a la
intención —como Jesús insiste con particular fuerza en abierta contraposición
con los escribas y fariseos, que prescribían minuciosamente ciertas obras
externas sin atender al corazón (cf. Mc 7, 20-21; Mt
15, 19)—, ya sea a los bienes obtenidos y los
males evitados como consecuencia de un acto particular. Se trata
de una exigencia de responsabilidad. Pero la consideración de estas
consecuencias —así como de las intenciones— no es suficiente para
valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación
de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de
una acción, no es un método adecuado para determinar si
la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie
o en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o
ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto
que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala,
no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral.
Por otra parte,
cada uno conoce las dificultades o, mejor dicho, la imposibilidad,
de valorar todas las consecuencias y todos los efectos buenos
o malos —denominados pre-morales— de los propios actos: un cálculo
racional exhaustivo no es posible. Entonces, ¿qué hay que hacer
para establecer unas proporciones que dependen de una valoración, cuyos
criterios permanecen oscuros? ¿Cómo podría justificarse una obligación absoluta sobre
cálculos tan discutibles?
78. La moralidad del acto humano depende sobre
todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad
deliberada, como lo prueba también el penetrante análisis, aún válido,
de santo Tomás 126. Así pues,
para poder aprehender el objeto de un acto, que lo
especifica moralmente, hay que situarse en la perspectiva de la
persona que actúa. En efecto, el objeto del acto del
querer es un comportamiento elegido libremente. Y en cuanto es
conforme con el orden de la razón, es causa de
la bondad de la voluntad, nos perfecciona moralmente y nos
dispone a reconocer nuestro fin último en el bien perfecto,
el amor originario. Por tanto, no se puede tomar como
objeto de un determinado acto moral, un proceso o un
evento de orden físico solamente, que se valora en cuanto
origina un determinado estado de cosas en el mundo externo.
El objeto es el fin próximo de una elección deliberada
que determina el acto del querer de la persona que
actúa. En este sentido, como enseña el Catecismo de la
Iglesia católica, «hay comportamientos concretos cuya elección es siempre errada
porque ésta comporta un desorden de la voluntad, es decir,
un mal moral» 127. «Sucede frecuentemente
—afirma el Aquinate— que el hombre actúe con buena intención,
pero sin provecho espiritual porque le falta la buena voluntad.
Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en
este caso, si bien la intención es buena, falta la
rectitud de la voluntad porque las obras son malas. En
conclusión, la buena intención no autoriza a hacer ninguna obra
mala. "Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el
bien. Estos bien merecen la propia condena" (Rm 3, 8)»
128.
La razón por la que no
basta la buena intención, sino que es necesaria también la
recta elección de las obras, reside en el hecho de
que el acto humano depende de su objeto, o sea
si éste es o no es «ordenable» a Dios, al
único que es «Bueno», y así realiza la perfección de
la persona. Por tanto, el acto es bueno si su
objeto es conforme con el bien de la persona en
el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. La
ética cristiana, que privilegia la atención al objeto moral, no
rechaza considerar la teleología interior del obrar, en cuanto orientado
a promover el verdadero bien de la persona, sino que
reconoce que éste sólo se pretende realmente cuando se respetan
los elementos esenciales de la naturaleza humana. El acto humano,
bueno según su objeto, es «ordenable» también al fin último.
El mismo acto alcanza después su perfección última y decisiva
cuando la voluntad lo ordena efectivamente a Dios mediante la
caridad. A este respecto, el patrono de los moralistas y
confesores enseña: «No basta realizar obras buenas, sino que es
preciso hacerlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y
perfectas, es necesario hacerlas con el fin puro de agradar
a Dios» 129.
Por la que no
basta la buena intención, sino que es necesaria también la
recta elección de las obras, reside en el hecho de
que el acto humano depende de su objeto, o sea
si éste es o no es «ordenable» a Dios, al
único que es «Bueno», y así realiza la perfección de
la persona. Por tanto, el acto es bueno si su
objeto es conforme con el bien de la persona en
el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. La
ética cristiana, que privilegia la atención al objeto moral, no
rechaza considerar la teleología interior del obrar, en cuanto orientado
a promover el verdadero bien de la persona, sino que
reconoce que éste sólo se pretende realmente cuando se respetan
los elementos esenciales de la naturaleza humana. El acto humano,
bueno según su objeto, es «ordenable» también al fin último.
El mismo acto alcanza después su perfección última y decisiva
cuando la voluntad lo ordena efectivamente a Dios mediante la
caridad. A este respecto, el patrono de los moralistas y
confesores enseña: «No basta realizar obras buenas, sino que es
preciso hacerlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y
perfectas, es necesario hacerlas con el fin puro de agradar
a Dios» 129.
119. Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 17. regresar
120. Cf. S. Tomás
de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 3: «Idem
sunt actus morales et actus humani». regresar
121.
De vita Moysis, II, 2-3: PG 44, 327-328. regresar
122. Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II,
q. 148, a. 3. regresar
123. El Concilio
Vaticano II, en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual, precisa: «Esto vale no sólo para los
cristianos, sino también para todo los hombres de buena voluntad,
en cuyo corazón actúa la gracia de modo visible. Cristo
murió por todos, y la vocación última del hombre es
realmente una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos
mantenerque el Espíritu Santo ofrece a todos la posibiliad de
que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien
a este misterio pascual»: Gaudium et spes, 22. regresar
124. Tractatus ad Tiberium Diaconum sociosque, II. Responsiones ad
Tiberium Diaconum sociosque: S. Cirilo de Alejandría, In D. Johannis
Evangelium, vol. III, ed. Philip Edward Pusey, Bruxelles, Culture et
Civilisation (1965), 590. regresar
125. Cf. Conc. Ecum.
de Trento, ses. VI, Decreto sobre la justificación Cum hoc
tempore, can. 19: DS, 1569. Ver también: Clemente XI, Const.
Unigenitus Dei Filius (8 septiembre 1713) contra los errores de
Pascasio Quesnel, nn. 53-56: DS, 2453-2456. regresar
126.
Cf. Summa Theologiae, I-II, q. 18, a. 6. regresar
127. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1761. regresar
128. In duo praecepta caritatis et in decem legis
praecepta. De dilectione Dei: Opuscula theologica, II, n. 1168, Ed.
Taurinens. (1954), 250. regresar
129. Cf. S. Alfonso
María de Ligorio, Pratica di amar Gesú Cristo, VII, 3. regresar
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