Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad.
La justificación
La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos,
es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos ‘la
justicia de Dios por la fe en Jesucristo’ y por
el Bautismo:
Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también
viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de
entre los muertos, ya no muere más, y que la
muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue
un morir al pecado, de una vez para siempre; mas
su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros,
consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en
Cristo Jesús .
Por el poder del Espíritu Santo participamos
en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en
su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de
su Cuerpo que es la Iglesia, sarmientos unidos a la
Vid que es él mismo :
Por el Espíritu Santo
participamos de Dios. Por la participación del Espíritu venimos a
ser partícipes de la naturaleza divina... Por eso, aquellos en
quienes habita el Espíritu están divinizados .
La primera obra
de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que
obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo
del Evangelio: ‘Convertíos porque el Reino de los cielos está
cerca’ . Movido por la gracia, el hombre se vuelve
a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el
perdón y la justicia de lo alto. ‘La justificación entraña,
por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y
la renovación del hombre interior’.
La justificación arranca al hombre del
pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su
corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de
Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios,
libera de la servidumbre del pecado y sana.
La justificación es,
al mismo tiempo, acogida de la justicia de Dios por
la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud
del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros
corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos
es concedida la obediencia a la voluntad divina.
La justificación nos
fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció
en la cruz como hostia viva, santa y agradable a
Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación
por los pecados de todos los hombres. La justificación es
concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos asemeja
a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos
por el poder de su misericordia. Tiene por fin la
gloria de Dios y de Cristo, y el don de
la vida eterna :
Pero ahora, independientemente de la ley,
la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la
ley y los profetas, justicia de Dios por la fe
en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay
diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria
de Dios- y son justificados por el don de su
gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús,
a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su
propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando
por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de
la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia
en el tiempo presente, para ser él justo y justificador
del que cree en Jesús.
La justificación establece la colaboración
entre la gracia de Dios y la libertad del hombre.
Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de
la fe a la Palabra de Dios que lo invita
a la conversión, y en la cooperación de la caridad
al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo
custodia:
Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la
iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer
nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede
rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco
puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante
de El.
La justificación es la obra más excelente del
amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por
el Espíritu Santo. San Agustín afirma que ‘la justificación del
impío es una obra más grande que la creación del
cielo y de la tierra’, porque ‘el cielo y la
tierra pasarán, mientras la salvación y la justificación de los
elegidos permanecerán’. Dice incluso que la justificación de los pecadores
supera a la creación de los ángeles en la justicia
porque manifiesta una misericordia mayor.
El Espíritu Santo es el maestro
interior. Haciendo nacer al ‘hombre interior’, la justificación implica la
santificación de todo el ser:
Si en otros tiempos ofrecisteis
vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden
hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la
santidad... al presente, libres del pecado y esclavos de Dios,
fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna.
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