Autor: catecismo | Fuente: catecismo No darás testimonio falso contra tu prójimo
Prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo, decir falcedad con intención de engañar
No darás testimonio falso contra tu prójimo
Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás
al Señor tus juramentos.
El octavo mandamiento prohíbe falsear la
verdad en las relaciones con el prójimo. Este precepto moral
deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo
de su Dios, que es y que quiere la verdad.
Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones,
un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades
básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las
bases de la Alianza.
Vivir en la verdad
El Antiguo Testamento lo
proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es
verdad . Su ley es verdad . ‘Tu verdad, de
edad en edad’ . Puesto que Dios es el ‘Veraz’
, los miembros de su pueblo son llamados a vivir
en la verdad.
En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó
en plenitud. ‘Lleno de gracia y de verdad’ , él
es la ‘luz del mundo’, la Verdad. El que cree
en él, no permanece en las tinieblas . El discípulo
de Jesús, ‘permanece en su palabra’, para conocer ‘la verdad
que hace libre’y que santifica .
Seguir a Jesús es
vivir del ‘Espíritu de verdad’ que el Padre envía en
su nombre y que conduce ‘a la verdad completa’. Jesús
enseña a sus discípulos el amor incondicional de la verdad:
‘Sea vuestro lenguaje: «sí, sí»; «no, no»’ .
El hombre busca
naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y atestiguarla: ‘Todos
los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas..., se
ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad
y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo
con respecto a la verdad religiosa. Están obligados también a
adherirse a la verdad una vez que la han conocido
y a ordenar toda su vida según sus exigencias’.
La verdad
como rectitud de la acción y de la palabra humana,
tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o
veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en
los propios actos y en decir verdad en sus palabras,
evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.
‘Los hombres no
podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir,
si no se manifestasen la verdad’. La virtud de la
veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido;
observa un justo medio entre lo que debe ser expresado
y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez
y la discreción. En justicia, ‘un hombre debe honestamente a
otro la manifestación de la verdad’.
El discípulo de Cristo acepta
‘vivir en la verdad’, es decir, en la simplicidad de
una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en
su Verdad. ‘Si decimos que estamos en comunión con él,
y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a
la verdad’.
Dar testimonio de la verdad
Ante Pilato, Cristo proclama que
había ‘venido al mundo: para dar testimonio de la verdad’.
El cristiano no debe ‘avergonzarse de dar testimonio del Señor’
. En las situaciones que exigen dar testimonio de la
fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de
san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una ‘conciencia limpia
ante Dios y ante los hombres’ .
El deber de los
cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia,
los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de
las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es
transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio
es un acto de justicia que establece o da a
conocer la verdad :
Todos los fieles cristianos, dondequiera que
vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su
vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo
de que se revistieron por el bautismo y la fuerza
del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación
.
El martirio es el supremo testimonio de la verdad
de la fe; designa un testimonio que llega hasta la
muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado,
al cual está unido por la caridad. Da testimonio de
la verdad de la fe y de la doctrina cristiana.
Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. ‘Dejadme ser
pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar
a Dios’.
Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido
los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar
testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires,
que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras
de sangre:
No me servirá nada de los atractivos del
mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor
para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar
hasta los confines de la tierra. Es a El a
quien busco, a quien murió por nosotros. A El quiero,
al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca....
Te bendigo
por haberme juzgado digno de este día y esta hora,
digno de ser contado en el número de tus mártires...
Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de
la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo,
te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo
Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo
y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y
en los siglos venideros. Amén.
Las ofensas a
la verdad
Los discípulos de Cristo se han ‘revestido del Hombre
Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de
la verdad’ . ‘Desechando la mentira’ , deben ‘rechazar toda
malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de
maledicencias’.
Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad
posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un
tribunal viene a ser un falso testimonio. Cuando es pronunciada
bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar
contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un
culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido
el acusado ; comprometen gravemente el ejercicio de la justicia
y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.
El
respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud
y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto. Se
hace culpable:
– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite
como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto
moral en el prójimo;
– de maledicencia el que, sin razón
objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros
a personas que los ignoran;
– de calumnia el que, mediante
palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros
y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.
Para evitar
el juicio temerario, cada uno debe interpretar, en cuanto sea
posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones
de su prójimo:
Todo buen cristiano ha de ser más
pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla;
y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende,
y si mal la entiende, corríjale con amor; y si
no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien
entendiéndola, se salve.
La maledicencia y la calumnia destruyen la
reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor
es el testimonio social dado a la dignidad humana y
cada uno posee un derecho natural al honor de su
nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la
maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia
y de la caridad.
Debe proscribirse toda palabra o actitud que,
por halago, adulación o complacencia, alienta y confirma a otro
en la malicia de sus actos y en la perversidad
de su conducta. La adulación es una falta grave si
se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo
de prestar un servicio o la amistad no justifica una
doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando
sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad
u obtener ventajas legítimas.
“La vanagloria o jactancia constituye una falta
contra la verdad. Lo mismo sucede con la ironía que
trata de ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola tal
o cual aspecto de su comportamiento.
‘La mentira consiste en decir
falsedad con intención de engañar’ . El Señor denuncia en
la mentira una obra diabólica: ‘Vuestro padre es el diablo...
porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira,
dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso
y padre de la mentira’.
La mentira es la ofensa más
directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra
la verdad para inducir a error al que tiene el
derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre con la
verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo
fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.
La
gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de
la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del
que la comete, y los daños padecidos por los que
resultan perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye un
pecado venial, sin embargo llega a ser mortal cuando lesiona
gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.
La mentira
es condenable por su misma naturaleza. Es una profanación de
la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad
conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error
mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra
la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando
la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias
funestas para los que son desviados de la verdad.
La mentira,
por ser una violación de la virtud de la veracidad,
es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra
ellos en su capacidad de conocer, que es la condición
de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen
la división de los espíritus y todos los males que
ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava
la confianza entre los hombres y rompe el tejido de
las relaciones sociales.
Toda falta cometida contra la justicia y la
verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya
sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es
preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un
perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción
moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación
se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación
del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe
apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.
El
respeto de la verdad
El derecho a la comunicación de la
verdad no es incondicional. Todos deben conformar su vida al
precepto evangélico del amor fraterno. Este exige, en las situaciones
concretas, estimar si conviene o no revelar la verdad a
quien la pide.
La caridad y el respeto de la verdad
deben dictar la respuesta a toda petición de información o
de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el
respeto de la vida privada, el bien común, son razones
suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o
para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el
escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está
obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho
a conocerla.
El secreto del sacramento de la Reconciliación es sagrado
y no puede ser revelado bajo ningún pretexto. ‘El sigilo
sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al
confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro
modo, y por ningún motivo’.
Los secretos profesionales -que obligan, por
ejemplo, a políticos, militares, médicos, juristas- o las confidencias hechas
bajo secreto deben ser guardados, salvo los casos excepcionales en
los que el no revelarlos podría causar al que los
ha confiado, al que los ha recibido o a un
tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación
de la verdad. Las informaciones privadas perjudiciales al prójimo, aunque
no hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas
sin una razón grave y proporcionada.”
Se debe guardar la justa
reserva respecto a la vida privada de la gente. Los
responsables de la comunicación deben mantener un justo equilibrio entre
las exigencias del bien común y el respeto de los
derechos particulares. La ingerencia de la información en la vida
privada de personas comprometidas en una actividad política o pública,
es condenable en la medida en que atenta contra su
intimidad y libertad.
Resumen
Los discípulos de Cristo se han
‘revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia
y santidad de la verdad’.
La verdad o veracidad es
la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos
y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y
la hipocresía.
El cristiano no debe ‘avergonzarse de dar testimonio
del Señor’en obras y palabras. El martirio es el supremo
testimonio de la verdad de la fe.
El respeto de
la reputación y del honor de las personas prohíbe toda
actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.
La
mentira consiste en decir algo falso con intención de engañar
al prójimo que tiene derecho a la verdad.
Una falta
cometida contra la verdad exige reparación.
La regla de oro
ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o
no revelar la verdad a quien la pide.
‘El sigilo
sacramental es inviolable’, Los secretos profesionales deben ser guardados. Las
confidencias perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.
La sociedad
tiene derecho a una información fundada en la verdad, la
libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación y disciplina en
el uso de los medios de comunicación social.
Las bellas
artes, sobre todo el arte sacro, ‘están relacionadas, por su
naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta expresar,
de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más
se consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y
a su gloria, cuanto más lejos están de todo propósito
que no sea colaborar lo más posible con sus obras
a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios’.
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