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Autor: Joseph Card. Ratzinger | Fuente: Congregación para la doctrina de la fe Libertatis Conscientia
Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, firmada por el Cardenal Joseph Ratzinger, Benedicto XVI como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 22 de marzo de 1986.
Libertatis Conscientia
Libertatis conscientia Instrucción sobre libertad
cristiana y liberación Congregación para la Doctrina de la Fe 22
de marzo de 1986
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La conciencia de
la libertad y de la dignidad del hombre, junto con
la afirmación de los derechos inalienables de la persona y
de los pueblos, es una de las principales características de
nuestro tiempo. Ahora bien, la libertad exige unas condiciones de
orden económico, social, político y cultural que posibiliten su pleno
ejercicio. La viva percepción de los obstáculos que impiden el
desarrollo de la libertad y que ofenden la dignidad humana
es el origen de las grandes aspiraciones a la liberación,
que atormentan al mundo actual.
La Iglesia de Cristo hace
suyas estas aspiraciones ejerciendo su discernimiento a la luz del
Evangelio que es, por su misma naturaleza, mensaje de libertad
y de liberación. En efecto, tales aspiraciones revisten a veces,
a nivel teórico y práctico, expresiones que no siempre son
conformes a la verdad del hombre, tal como ésta se
manifiesta a la luz de la creación y de la
redención. Por esto la Congregación para la Doctrina de la
Fe ha juzgado necesario llamar la atención sobre «las desviaciones
y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y
para la vida cristiana». 1 Lejos de estar superadas, las
advertencias hechas parecen cada vez más oportunas y pertinentes.
La conciencia de la libertad y de la dignidad del
hombre, junto con la afirmación de los derechos inalienables de
la persona y de los pueblos, es una de las
principales características de nuestro tiempo. Ahora bien, la libertad exige
unas condiciones de orden económico, social, político y cultural que
posibiliten su pleno ejercicio. La viva percepción de los obstáculos
que impiden el desarrollo de la libertad y que ofenden
la dignidad humana es el origen de las grandes aspiraciones
a la liberación, que atormentan al mundo actual.
La Iglesia
de Cristo hace suyas estas aspiraciones ejerciendo su discernimiento a
la luz del Evangelio que es, por su misma naturaleza,
mensaje de libertad y de liberación. En efecto, tales aspiraciones
revisten a veces, a nivel teórico y práctico, expresiones que
no siempre son conformes a la verdad del hombre, tal
como ésta se manifiesta a la luz de la creación
y de la redención. Por esto la Congregación para la
Doctrina de la Fe ha juzgado necesario llamar la atención
sobre «las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para
la fe y para la vida cristiana». 1 Lejos de
estar superadas, las advertencias hechas parecen cada vez más oportunas
y pertinentes.
La Instrucción «Libertatis nuntius» sobre algunos aspectos
de la teología de la liberación anunciaba la intención de
la Congregación de publicar un segundo documento, que pondría en
evidencia los principales elementos de la doctrina cristiana sobre la
libertad y la liberación. La presente Instrucción responde a esta
intención. Entre ambos documentos existe una relación orgánica. Deben leerse
uno a la luz del otro.
Sobre este tema, que
es el centro del mensaje evangélico, el Magisterio de la
Iglesia ya se ha pronunciado en numerosas ocasiones. 2 El
documento actual se limita a indicar los principales aspectos teóricos
y prácticos. Respecto a las aplicaciones concernientes a las diversas
situaciones locales, toca a las Iglesias particulares -en comunión entre
sí y con la Sede de Pedro- proveer directamente a
ello. 3
El tema de la libertad y de la
liberación tiene un alcance ecuménico evidente. Pertenece efectivamente al patrimonio
tradicional de las Iglesias y comunidades eclesiales. También el presente
documento puede favorecer el testimonio y la acción de todos
los discípulos de Cristo llamados a responder a los grandes
retos de nuestro tiempo.
Las palabras de Jesús:
«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32) deben iluminar
y guiar en este aspecto toda reflexión teológica y toda
decisión pastoral.
Esta verdad que viene de Dios tiene su
centro en Jesucristo, Salvador del mundo. 4 De Él, que
es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,
6), la Iglesia recibe lo que ella ofrece a los
hombres. Del misterio del Verbo encarnado y redentor del mundo,
ella saca la verdad sobre el Padre y su amor
por nosotros, así como la verdad sobre el hombre y
su libertad.
Cristo, por medio de su cruz y resurrección,
a realizado nuestra redención que es la liberación en su
sentido más profundo, ya que ésta nos ha liberado del
mal más radical, es decir, del pecado y del poder
de la muerte. Cuando la Iglesia, instruida por el Señor,
dirige su oración al Padre: «líbranos del mal», pide que
el misterio de salvación actúe con fuerza en nuestra existencia
de cada día. Ella sabe que la cruz redentora es
en verdad el origen de la luz y de la
vida, y el centro de la historia. La caridad que
arde en ella la impulsa a proclamar la Buena Nueva
y a distribuir mediante los sacramentos sus frutos vivificadores. De
Cristo redentor arrancan su pensamiento y su acción cuando, ante
los dramas que desgarran al mundo, la Iglesia reflexiona sobre
el significado y los caminos de la liberación y de
la verdadera libertad.
La verdad, empezando por la verdad sobre
la redención, que es el centro del misterio de la
fe, constituye así la raíz y la norma de la
libertad, el fundamento y la medida de toda acción liberadora.
La apertura a la plenitud de la verdad
se impone a la conciencia moral del hombre, el cual
debe buscarla y estar dispuesto a acogerla cuando se le
presenta.
Según el mandato de Cristo Señor, 5 la verdad
evangélica debe ser presentada a todos los hombres, los cuales
tienen derecho a que ésta les sea proclamada. Su anuncio,
por la fuerza del Espíritu, comporta el pleno respeto de
la libertad de cada uno y la exclusión de toda
forma de violencia y de presión. 6
El Espíritu Santo
introduce a la Iglesia y a los discípulos de Jesucristo
«hacia la verdad completa» (Jn 16, 13). Dirige el transcurso
de los tiempos y «renueva la faz de la tierra»
(Sal 104, 30). El Espíritu está presente en la maduración
de una conciencia más respetuosa de la dignidad de la
persona humana. 7 Él es la fuente del valor, de
la audacia y del heroísmo: «Donde está el Espíritu del
Señor está la libertad» (2 Cor 3, 17).
I. Conquistas y
amenazas del proceso moderno de liberación
5. La herencia del
cristianismo
El Evangelio de Jesucristo, al revelar al hombre su
cualidad de persona libre llamada a entrar en comunión con
Dios, ha suscitado una toma de conciencia de las profundidades
de la libertad humana hasta entonces desconocidas.
Así la búsqueda
de la libertad y la aspiración a la liberación, que
están entre los principales signos de los tiempos del mundo
contemporáneo, tienen su raíz primera en la herencia del cristianismo.
Esto es verdad también allí donde aquella búsqueda y aspiración
encarnan formas aberrantes que se oponen a la visión cristiana
del hombre y de su destino. Sin esta referencia al
Evangelio se hace incomprensible la historia de los últimos siglos
en Occidente.
Desde el comienzo de los tiempos modernos hasta
el Renacimiento, se pensaba que la vuelta a la Antigüedad
en filosofía y en las ciencias de la naturaleza permitiría
al hombre conquistar la libertad de pensamiento y de acción,
gracias al conocimiento y al dominio de las leyes naturales.
Por su parte, Lutero, partiendo de la lectura de San
Pablo, intentó luchar por la liberación del yugo de la
Ley, representado para él por la Iglesia de su tiempo.
Pero es sobre todo en el siglo de las Luces
y con la Revolución francesa cuando resuena con toda su
fuerza la llamada a la libertad. Desde entonces muchos miran
la historia futura como un irresistible proceso de liberación que
debe conducir a una era en la que el hombre,
totalmente libre al fin, goce de la felicidad ya en
esta tierra.
En la perspectiva de tal
ideología de progreso, el hombre quería hacerse dueño de la
naturaleza. La servidumbre, que había sufrido hasta entonces, se apoyaba
sobre la ignorancia y los prejuicios. El hombre, arrebatando a
la naturaleza sus secretos, la sometía a su servicio. La
conquista de la libertad constituía así el objetivo perseguido a
través del desarrollo de la ciencia y de la técnica.
Los esfuerzos desplegados han llevado a notables resultados. Aunque el
hombre no está a cubierto de catástrofes naturales, sin embargo
han sido descartadas muchas de las amenazas de la naturaleza.
La alimentación está garantizada a un número de personas cada
vez mayor. Las posibilidades de transporte y de comercio favorecen
el intercambio de recursos alimenticios, de materias primas, de mano
de obra y de capacidades técnicas, de tal manera que
se puede prever razonablemente para cada ser humano una existencia
digna y liberada de la miseria.
El movimiento moderno
de liberación se había fijado un objetivo político y social.
Debía poner fin al dominio del hombre sobre el hombre
y promover la igualdad y fraternidad de todos los hombres.
Es un hecho innegable que se alcanzaron resultados positivos. La
esclavitud y la servidumbre legales fueron abolidas. El derecho de
todos a la cultura hizo progresos significativos. En numerosos países
la ley reconoce la igualdad entre el hombre y la
mujer, la participación de todos los ciudadanos en el ejercicio
del poder político y los mismos derechos para todos. El
racismo se rechaza como contrario al derecho y a la
justicia.
La formulación de los derechos humanos significa una conciencia
más viva de la dignidad de todos los hombres. Son
innegables los beneficios de la libertad y de la igualdad
en numerosas sociedades, si lo comparamos con los sistemas de
dominación anteriores.
Finalmente y sobre todo, el
movimiento moderno de liberación debía aportar al hombre la libertad
interior, bajo forma de libertad de pensamiento y libertad de
decisión. Intentaba liberar al hombre de la superstición y de
los miedos ancestrales, entendidos como obstáculos para su desarrollo. Se
proponía darle el valor y la audacia de servirse de
su razón sin que el temor lo frenara ante las
fronteras de lo desconocido. Así, especialmente en las ciencias históricas
y en las humanas, se ha desarrollado un nuevo conocimiento
del hombre, orientado a ayudarle a comprenderse mejor en lo
que atañe a su desarrollo personal o a las condiciones
fundamentales de la formación de la comunidad.
10. Ambigüedades del proceso moderno de liberación
Sin embargo, ya se trate de la conquista de la
naturaleza, de su vida social y política o del dominio
del hombre sobre si mismo, a nivel individual y colectivo,
todos pueden constatar que no solamente los progresos realizados están
lejos de corresponder a las ambiciones iniciales, sino que han
surgido también nuevas amenazas, nuevas servidumbres y nuevos terrores, al
mismo tiempo que se ampliaba el movimiento moderno de liberación.
Esto es la señal de que graves ambigüedades sobre el
sentido mismo de la libertad se han infiltrado en el
interior de este movimiento desde su origen.
11. El hombre amenazado por su dominio
de la naturaleza
El hombre, a medida que se liberaba
de las amenazas de la naturaleza, se encontraba ante un
miedo creciente. La técnica. sometiendo cada vez más la naturaleza,
corre el riesgo de destruir los fundamentos de nuestro propio
futuro, de manera que la humanidad actual se convierte en
enemiga de las generaciones futuras. Al someter con un poder
ciego las fuerzas de la naturaleza, ¿no se está a
un paso de destruir la libertad de los hombres del
mañana? ¿Qué fuerzas pueden proteger al hombre de la esclavitud
de su propio dominio? Se hace necesaria una capacidad totalmente
nueva de libertad y liberación, que exige un proceso de
liberación enteramente renovado.
La fuerza liberadora del conocimiento científico
se manifiesta en las grandes realizaciones tecnológicas. Quien dispone de
tecnologías tiene el poder sobre la tierra y sobre los
hombres. De ahí han surgido formas de desigualdad, hasta ahora
desconocidas, entre los poseedores del saber y los simples usuarios
de la técnica. El nuevo poder tecnológico está unido al
poder económico y lleva a su concentración. Así, tanto en
el interior de los pueblos como entre ellos, se han
creado relaciones de dependencia que, en los últimos veinte años,
han ocasionado una nueva reivindicación de liberación. ¿Cómo impedir que
el poder tecnológico se convierta en una fuerza de opresión
de grupos humanos o de pueblos enteros?
En el campo
de las conquistas sociales y políticas, una de las ambigüedades
fundamentales de la afirmación de la libertad en el siglo
de las Luces tiende a concebir el sujeto de esta
libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de
su interés propio en el goce de los bienes terrenales.
La ideología individualista inspirada por esta concepción del hombre ha
favorecido la desigual repartición de las riquezas en los comienzos
de la era industrial, hasta el punto que los trabajadores
se encontraron excluidos del acceso a los bienes esenciales a
cuya producción habían contribuido y a los que tenían derecho.
De ahí surgieron poderosos movimientos de liberación de la miseria
mantenida por la sociedad industrial.
Los cristianos, laicos y pastores,
no han dejado de luchar por un equitativo reconocimiento de
los legítimos derechos de los trabajadores. El Magisterio de la
Iglesia en muchas ocasiones ha levantado su voz en favor
de esta causa.
Pero las más de las veces, la
justa reivindicación del movimiento obrero ha llevado a nuevas servidumbres,
porque se inspira en concepciones que, al ignorar la vocación
trascendente de la persona humana, señalan al hombre una finalidad
puramente terrena. A veces esta reivindicación ha sido orientada hacia
proyectos colectivistas que engendran injusticias tan graves como aquellas a
las que pretendían poner fin.
Así nuestra época ha
visto surgir los sistemas totalitarios y unas formas de tiranía
que no habrían sido posibles en la época anterior al
progreso tecnológico. Por una parte, la perfección técnica ha sido
aplicada a perpetrar genocidios; por otra, unas minorías, practicando el
terrorismo que causa la muerte de numerosos inocentes, pretenden mantener
a raya naciones enteras.
Hoy el control puede alcanzar hasta
la intimidad de los individuos; y las dependencias creadas por
los sistemas de prevención pueden representar también amenazas potenciales de
opresión. Se busca una falsa liberación de las coacciones de
la sociedad recurriendo a la droga, que conduce a muchos
jóvenes en todo el mundo a la autodestrucción y deja
familias enteras en la angustia y el dolor.
El
reconocimiento de un orden jurídico como garantía de las relaciones
dentro de la gran familia humana de los pueblos se
ha debilitado cada vez más. Cuando la confianza en el
derecho no parece ofrecer ya una protección suficiente, se buscan
la seguridad y la paz en la amenaza recíproca, la
cual viene a ser un peligro para toda la humanidad.
Las fuerzas que deberían servir para el desarrollo de la
libertad sirven para aumentar las amenazas. Las máquinas de muerte
que se enfrentan hoy son capaces de destruir toda la
vida humana sobre la tierra.
Entre las naciones dotadas
de fuerza y las que no la tienen se han
instaurado nuevas relaciones de desigualdad y opresión. La búsqueda del
propio interés parece ser la norma de las relaciones internacionales,
sin que se tome en consideración el bien común de
la humanidad.
El equilibrio interior de las naciones pobres está
roto por la importación de armas, introduciendo en ellas un
factor de división que conduce al dominio de un grupo
sobre otro. ¿Qué fuerzas podrían eliminar el recurso sistemático a
las armas y dar su autoridad al derecho?
En el contexto de la desigualdad de las relaciones de
poder han aparecido los movimientos de emancipación de las naciones
jóvenes, en general naciones pobres, sometidas hasta hace poco al
dominio colonial. Pero muy a menudo el pueblo se siente
frustrado de su independencia duramente conquistada por regímenes o tiranías
sin escrúpulos que atentan impunemente a los derechos del hombre.
El pueblo que ha sido reducido así a la impotencia,
no ha hecho más que cambiar de dueños.
Sigue siendo
verdad que uno de los principales fenómenos de nuestro tiempo
es, a escala de continentes enteros, el despertar de la
conciencia de pueblo que, doblegado bajo el peso de la
miseria secular, aspira a una vida en la dignidad y
en la justicia, y está dispuesto a combatir por su
libertad.
18. La moral
y Dios, ¿obstáculos para la liberación?
En relación con el
movimiento moderno de liberación interior del hombre, hay que constatar
que el esfuerzo con miras a liberar el pensamiento y
la voluntad de sus límites ha llegado hasta considerar que
la moralidad como tal constituía un límite irracional que el
hombre, decidido a ser dueño de si mismo, tenía que
superar.
Es más, para muchos Dios mismo sería la alienación
específica del hombre. Entre la afirmación de Dios y la
libertad humana habría una incompatibilidad radical. El hombre, rechazando la
fe en Dios, llegaría a ser verdaderamente libre.
En ello está
la raíz de las tragedias que acompañan la historia moderna
de la libertad. ¿Por qué esta historia, a pesar de
las grandes conquistas, por lo demás siempre frágiles, sufre recaídas
frecuentes en la alienación y ve surgir nuevas servidumbres? ¿Por
qué unos movimientos de liberación, que han suscitado inmensas esperanzas,
terminan en regímenes para los que la libertad de los
ciudadanos, 8 empezando por la primera de las libertades que
es la libertad religiosa, 9 constituye el primer enemigo?
Cuando
el hombre quiere liberarse de la ley moral y hacerse
independiente de Dios, lejos de conquistar su libertad, la destruye.
Al escapar del alcance de la verdad, viene a ser
presa de la arbitrariedad; entre los hombres, las relaciones fraternas
se han abolido para dar paso al terror, al odio
y al miedo.
El profundo movimiento moderno de liberación resulta
ambiguo porque ha sido contaminado por gravísimos errores sobre la
condición del hombre y su libertad. Al mismo tiempo está
cargado de promesas de verdadera libertad y amenazas de graves
servidumbres.
II. La libertad
en la experiencia del Pueblo de Dios
20. Iglesia y
libertad
La Iglesia, consciente de esta grave ambigüedad, por medio
de su Magisterio ha levantado su voz a lo largo
de los últimos siglos, para poner en guardia contra las
desviaciones que corren el riesgo de torcer el impulso liberador
hacia amargas decepciones. En su momento fue muchas veces incomprendida.
Con el paso del tiempo, es posible hacer justicia a
su discernimiento.
La Iglesia ha intervenido en nombre de la
verdad sobre el hombre, creado a imagen de Dios. 10
Se le acusa sin embargo de constituir por sí misma
un obstáculo en el camino de la liberación. Su constitución
jerárquica estaría opuesta a la igualdad; su Magisterio estaría opuesto
a la libertad de pensamiento. Desde luego, ha habido errores
de juicio o graves omisiones de los cuales los cristianos
han sido responsables a través de los siglos. 11 Pero
estas objeciones desconocen la verdadera naturaleza de las cosas. La
diversidad de carismas en el Pueblo de Dios, que son
carismas de servicio, no se ha opuesto a la igual
dignidad de las personas y a su vocación común a
la santidad.
La libertad de pensamiento, como condición de búsqueda
de la verdad en todos los dominios del saber humano,
no significa que la razón humana debe cerrarse a la
luz de la Revelación cuyo depósito ha confiado Cristo a
su Iglesia. La razón creada, al abrirse a la verdad
divina, encuentra una expansión y una perfección que constituyen una
forma eminente de libertad. Además, el Concilio Vaticano II ha
reconocido plenamente la legítima autonomía de las ciencias, 12 como
también la de las actividades de orden político. 13
Uno de los principales errores
que, desde el Siglo de las Luces, ha marcado profundamente
el proceso de liberación, lleva a la convicción, ampliamente compartida,
de que serían los progresos realizados en el campo de
las ciencias, de la técnica y de la economía los
que deberían servir de fundamento para la conquista de la
libertad. De ese modo, se desconocían las profundidades de esta
libertad y de sus exigencias.
Esta realidad de las profundidades
de la libertad, la Iglesia la ha experimentado siempre en
la vida de una multitud de fieles, especialmente en los
pequeños y los pobres. Por la fe éstos saben que
son el objeto del amor infinito de Dios. Cada uno
de ellos puede decir: «Vivo en la fe del Hijo
de Dios, el cual me amó y se entregó a
sí mismo por mí» (Gal 2, 20 b). Tal es
su dignidad que ninguno de los poderosos puede arrebatársela; tal
es la alegría liberadora presente en ellos. Saben que la
Palabra de Jesús se dirige igualmente a ellos: «Ya no
os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que
hace su señor; os llamo amigos, porque todo lo que
he oído a mi Padre, os lo he dado a
conocer» (Jn 15, 15). Esta participación en el conocimiento de
Dios es su emancipación ante las pretensiones de dominio por
parte de los detentores del saber: «Conocéis todas las cosas
... y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe»
(1 Jn 2, 20 b. 27 b). Son así conscientes
de tener parte en el conocimiento más alto al que
está llamada la humanidad. 14 Se sienten amados por Dios
como todos los demás y más que todos los otros.
Viven así en la libertad que brota de la verdad
y del amor.
El mismo sentido de la
fe del Pueblo de la Dios, en su devoción llena
de esperanza en la cruz de Jesús, percibe la fuerza
que contiene el misterio de Cristo Redentor. Lejos pues de
menospreciar o de querer suprimir las formas de religiosidad popular
que reviste esta devoción, conviene por el contrario purificar y
profundizar toda su significación y todas sus implicaciones. 15 En
ella se da un hecho de alcance teológico y pastoral
fundamental: son los pobres, objeto de la predilección divina, quienes
comprenden mejor y como por instinto que la liberación más
radical, que es la liberación del pecado y de la
muerte, se ha cumplido por medio de la muerte y
resurrección de Cristo.
23.
Dimensión soteriológica y ética de la liberación
La fuerza de
esta liberación penetra y transforma profundamente al hombre y su
historia en su momento presente, y alienta su impulso escatológico.
El sentido primero y fundamental de la liberación que se
manifiesta así es el soteriológico: el hombre es liberado de
la esclavitud radical del mal y del pecado.
En esta
experiencia de salvación el hombre descubre el verdadero sentido de
su libertad, ya que la liberación es restitución de la
libertad. Es también educación de la libertad, es decir, educación
de su recto uso. Así, a la dimensión soteriológica de
la liberación se añade su dimensión ética.
El sentido de la fe, que es
el origen de una experiencia radical de la liberación y
de la libertad, ha impregnado, en grado diverso, la cultura
y las costumbres de los pueblos cristianos.
Pero hoy, de
una manera totalmente nueva a causa de los temibles retos
a los que la humanidad tiene que hacer frente, se
ha hecho necesario y urgente que el amor de Dios
y la libertad en la verdad y la justicia marquen
con su impronta las relaciones entre los hombres y los
pueblos, y animen la vida de las culturas.
Porque donde
faltan la verdad y el amor, el proceso de liberación
lleva a la muerte de una libertad que habría perdido
todo apoyo.
Se abre ante nosotros una nueva fase de
la historia de la libertad. Las capacidades liberadoras de la
ciencia, de la técnica, del trabajo, de la economía y
de la acción política darán sus frutos si encuentran su
inspiración y su medida en la verdad y en el
amor, más fuertes que el sufrimiento, que Jesucristo ha revelado
a los hombres.
La respuesta espontánea a la pregunta
«¿qué es ser libre?» es la siguiente: es libre quien
puede hacer únicamente lo que quiere sin ser impedido por
ninguna coacción exterior, y que goza por tanto de una
plena independencia. Lo contrario de la libertad sería así la
dependencia de nuestra voluntad ante una voluntad ajena.
Pero, el
hombre ¿sabe siempre lo que quiere? ¿Puede todo lo que
quiere? Limitarse al propio yo y prescindir de la voluntad
de otro, ¿es conforme a la naturaleza del hombre? A
menudo la voluntad del momento no es la voluntad real.
Y en el mismo hombre pueden existir decisiones contradictorias. Pero
el hombre se topa sobre todo con los límites de
su propia naturaleza: quiere más de lo que puede. Así
el obstáculo que se opone a su voluntad no siempre
viene de fuera, sino de los límites de su ser.
Por esto, so pena de destruirse, el hombre debe aprender
a que la voluntad concuerde con su naturaleza.
Más aún, cada hombre está orientado hacia los
demás hombres y necesita de su compañía. Aprenderá el recto
uso de su decisión si aprende a concordar su voluntad
a la de los demás, en vistas de un verdadero
bien. Es pues la armonía con las exigencias de la
naturaleza humana lo que hace que la voluntad sea auténticamente
humana. En efecto, esto exige el criterio de la verdad
y una justa relación con la voluntad ajena. Verdad y
justicia constituyen así la medida de la verdadera libertad. Apartándose
de este fundamento, el hombre, pretendiendo ser como Dios, cae
en la mentira y, en lugar de realizarse, se destruye.
Lejos de perfeccionarse en una total autarquía del yo y
en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente sólo
cuando los lazos recíprocos, regulados por la verdad y la
justicia, unen a las personas. Pero para que estos lazos
sean posibles, cada uno personalmente debe ser auténtico.
La libertad
no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que
es libertad para el Bien, en el cual solamente reside
la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo.
Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al
conocimiento de lo verdadero, y esto -prescindiendo de otras fuerzas-
guía su voluntad. La liberación en vistas de un conocimiento
de la verdad, que es la única que dirige la
voluntad, es condición necesaria para una libertad digna de este
nombre.
En otras
palabras, la libertad que es dominio interior de sus propios
actos y auto determinación comporta una relación inmediata con el
orden ético. Encuentra su verdadero sentido en la elección del
bien moral. Se manifiesta pues como una liberación ante el
mal moral.
El hombre, por su acción libre, debe tender
hacia el Bien supremo a través de los bienes que
están en conformidad con las exigencias de su naturaleza y
de su vocación divina.
El, ejerciendo su libertad, decide sobre
sí mismo y se forma a sí mismo. En este
sentido, el hombre es causa de sí mismo. Pero lo
es como creatura e imagen de Dios. Esta es la
verdad de su ser que manifiesta por contraste lo que
tienen de profundamente erróneas las teorías que pretenden exaltar la
libertad del hombre o su «praxis histórica», haciendo de ellas
el principio absoluto de su ser y de su devenir.
Estas teorías son expresión del ateísmo o tienden, por propia
lógica, hacia él. El indiferentismo y el agnosticismo deliberado van
en el mismo sentido. La imagen de Dios en el
hombre constituye el fundamento de la libertad y dignidad de
la persona humana. 16
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