Autor: . | Fuente: Ecclesia Lo que España necesita tras las elecciones del 22-M
España necesita seguir mejorando su democracia, haciéndola más participativa, visible y concreta, trabajando por los verdaderos intereses y necesidades de todos los ciudadanos
Lo que España necesita tras las elecciones del 22-M
España asistió el pasado domingo 22 de mayo a una
significativa jornada electoral. Sus algo más de ocho mil municipios
y trece de sus diecisiete comunidades autónomas, más Ceuta y
Melilla, fueron llamadas, como cada cuatro años, a las urnas.
La jornada electoral vino precedida por la irrupción en campaña
del llamado Movimiento 15-M o «Democracia real ya» y sus
acampadas en las principales plazas de más de un centenar
de ciudades con una difusa carga reivindicativa.
Cerradas las urnas
y ya con los escrutinios en las manos, no hay
duda alguna a la hora de afirmar el carácter histórico
de estos comicios, desarrollados dentro de la normalidad democrática propia
de una nación como España, inmersa en estos procesos desde
1977.
La participación ciudadana en las votaciones fue dos puntos y
medio superior a las elecciones locales y regionales de 2007,
situándose en el 66,23%. El indudable vencedor de los comicios
fue el PP con casi ocho millones y medio de
votos en las municipales –en ellas se votaba en toda
España– y un 37,53% de los sufragios. A casi diez
puntos, se quedó el PSOE, con dos millones doscientos votos
menos y un porcentaje del 27,79%. Como tercera fuerza en
representación de ediles se consolidó CIU y como tercera fuerza
más votada, con un 6,31%, Izquierda Unida, apenas un punto
más que en 2007. Más allá de algunas novedades significativas
de carácter local como en Asturias, otros dos aspectos a
tener en cuenta del resultado de las urnas del 22-M
fueron el gran respaldo en Euskadi a la polémica e
inquietante Bildu, que puede resultar determinante en numerosos e importantes
municipios; y el hueco que sigue abriéndose, sobre todo en
Madrid, Unión Progreso y Democracia. Por otro lado, bajó la
abstención y crecieron los votos en blanco y el nulo,
hasta, en los tres casos, casi un millón de personas,
datos que no resultan especialmente relevantes.
¿Y cuál es ahora el
escenario una vez que han hablado lar urnas? Obviamente el
PP gobernará en los principales ayuntamientos y en todas las
comunidades autónomas en liza el 22-M excepto Navarra; Extremadura si
PSOE e IU forman Gobierno de coalición; y en Asturias
podría apoyar al Foro. Pero obviamente también –y máxime cuando
los resultados hablan por sí solos– nuestra reflexión pretende trascender
el análisis puramente político para buscar su inspiración y su
interpelación en los principios del humanismo cristiano y de la
Doctrina Social de la Iglesia.
Desde este planteamiento fundamental, creemos que
lo que España necesita tras el 22-M es, en primer
lugar, un renovado y eficaz esfuerzo conjunto por atajar la
crisis económica desde sus mismas raíces, que –repitamos una vez
más– es la tremenda crisis moral de la idolatría del
dinero, de la codicia, de la insolidaridad y del relativismo
y permisivismo ético. España, en segundo lugar, necesita ahondar en
su misma identidad y en sus recursos históricos y presentes
para recuperar una serie de valores capitales que en los
últimos años han corrido el riesgo de ser frívola e
insensatamente dilapidados. Ya en noviembre de 2006 los obispos españoles,
a través de la instrucción pastoral de la CEE Orientaciones
morales ante la situación actual de España, alertaban de los
efectos perniciosos de la fuerte oleada de laicismo que se
propiciaba desde instancias gubernamentales y desde destacadísimos poderes fácticos y
mediáticos. Esta oleada de laicismo amenazaba la reconciliación y difundía
una mentalidad laicista que deliberadamente prescindía de Dios –incluso ridiculizaba
y ridiculiza a los creyentes– «en la visión y valoración
del mundo, en la imagen que el hombre tiene de
sí mismo, del origen y término de su existencia, de
las normas y los objetivos de sus actividades personales y
sociales».
Tras el 22-M, España necesita asimismo seguir mejorando su
democracia, haciéndola más participativa, visible y concreta, trabajando por los
verdaderos intereses y necesidades de todos los ciudadanos, repudiando cualquier
ambigüedad y complicidad con la corrupción en la forma o
expresión que sea. Sobre cómo mejorar la democracia, ya nuestros
obispos, en los números 60 y 61 de su citada
instrucción de hace cuatro años y medio, apuntaban algunas ideas
precisas y útiles. Entre ellas, los prelados previenen contra la
tentación de las instituciones a extender sus competencias a todos
los órdenes de la vida, con el riesgo de invadir
ámbitos personales y familiares que no les corresponden, «desarrollando un
intervencionismo injustificado y asfixiante».
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