Autor: . | Fuente: ForumLibertas Manifiesto del XII Congreso Católicos y Vida pública: ‘Firmes en la fe y la Misión
Por su interés, reproducimos a continuación el manifiesto de clausura del Congreso celebrado el pasado fin de semana por iniciativa de la ACdP y el CEU de Madrid
Manifiesto del XII Congreso Católicos y Vida pública: ‘Firmes en la fe y la Misión
Madrid, 21 de noviembre de 2010
La Fundación Universitaria San Pablo-CEU,
obra de la Asociación Católica de Propagandistas y organizadora de
los Congresos “Católicos y Vida Pública”, al término del Duodécimo
de éstos, celebrado bajo el lema Firmes en la Fe
y en la Misión, manifiesta su satisfacción por el gozoso
ambiente de fraternal convivencia en que se ha desarrollado este
encuentro, da gracias a Dios por los buenos frutos de
estas jornadas y desea ofrecer a todos las siguientes consideraciones.
Este
Duodécimo Congreso de Católicos y Vida Pública ha estado clara
y felizmente envuelto en la estela de la visita pastoral
que el Santo Padre ha realizado hace tan pocos días
a España, así como proyectado hacia el horizonte de su
esperada nueva presencia entre nosotros, con motivo de la ya
cada vez más cercana celebración de la próxima Jornada Mundial
de la Juventud.
Arraigados en Cristo, confirmados por Pedro una
vez más en la fe y en la misión, nos
sentimos especialmente llamados a la nueva evangelización que necesitamos todos
en las sociedades occidentales pluralistas fuertemente secularizadas. Somos cristianos hoy,
en esta cultura que parece olvidada de Dios, a partir
de nuestro encuentro personal con Cristo. Nuestra aportación, como cristianos,
a España, a Europa, al mundo, no es sino la
de la Iglesia misma y “se centra en una realidad
tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y
que es Él quien nos ha dado la vida. Solo
Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que
se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas
admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón
del hombre”. En esta afirmación del Dios Absoluto que se
nos da en Cristo va incluida y tiene su fundamentación
última la afirmación de la dignidad de toda persona desde
su concepción hasta su muerte natural. Esta afirmación entraña una
insobornable apuesta por la cultura de la vida y la
familia fundada en el matrimonio, unión de amor generoso e
indisoluble entre un hombre y una mujer.
Aquí y ahora,
dado el fuerte secularismo ambiente, nuestro testimonio ha de hacerse
presente en el plano de las relaciones, del encuentro, en
el diálogo que lleve a “superar la escisión entre conciencia
humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal
y apertura a una vida eterna, entre belleza de las
cosas y Dios como Belleza”, entre laicidad y fe. Afirmamos
la laicidad del Estado rectamente entendida como la autonomía natural
que a éste corresponde en su ámbito, civil y político,
frente a las esfera religiosa y eclesial (¡nunca respecto del
orden moral!). La auténtica positiva laicidad no sólo no constituye
obstáculo a la pública afirmación de Dios --cuyo nombre hemos
de hacer resonar de nuevo “gozosamente” en el ámbito público,
“bajo los cielos de Europa” y en todo el mundo--,
sino que es, por el contrario, exigencia, condición y garantía
del efectivo y pleno ejercicio de la libertad religiosa por
parte de todos en condiciones básicas de igualdad.
En el
ámbito de libertad, que debe garantizar un una política de
recta laicidad, hemos de manifestar nuestra fe “con alegría, coherencia
y sencillez, en casa, en el trabajo y en nuestro
compromiso ciudadano”, con el que hemos de testimoniar también nuestra
esperanza, mediante la realización de la caridad, arraigados en el
tejido social, con una generosa intensa participación, en activa solidaridad,
expresión de la dimensión social de nuestra fe, que se
traduce en tareas de ordenación sociopolítica, en la denuncia de
la injusticia, en la defensa de la dignidad de todas
las personas en todo momento, así como en obras de
servicio a los hermanos, especialmente a los más débiles y
desatendidos, servicio que para el cristiano “no es una mera
opción, sino parte esencial de su ser”.
Este Congreso condena
de modo absoluto y pide que cese la persecución que
en todo el mundo sufren innumerables personas por causa de
su fe religiosa. A todas estas personas las vemos hoy
representadas en ASIA BIBI cuya libertad inmediata exigimos.
La recta
laicidad ha de facilitar, en la presente situación de emergencia
educativa y cultural, el desarrollo de una actividad educacional, al
mismo tiempo evangelizadora y civilizatoria, que nos lleve a recuperar
y legar a las nuevas generaciones “el sentido de lo
sagrado” y ofrecerles como patrimonio fundamental “la fe en un
Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador
y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre
como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia
a una ley moral natural”. De este modo podremos superar
la antihumanista ruptura moderna y lograr la reconstrucción de una
antropología sobre la que llevar a cabo una verdadera educación
integral, que conduzca a una felicitante plena realización personal y
comunitaria. Hemos de afirmar una vez más el derecho fundamental
de los padres a decidir el tipo de educación que
han de recibir sus hijos y el estricto respeto que
los poderes públicos han de guardar al legítimo pluralismo determinado
por las diversas concepciones últimas de la persona, pluralismo densificado
entre nosotros por la creciente intensa y variada inmigración y
que debe traducirse en el enriquecimiento de las integradoras bases
comunes de convivencia en cuya aceptación hemos de converger a
partir de la experiencia humana elemental de necesidades, aspiraciones y
deseos básicos radicales comunes en la que todos los hombres
han de reconocerse justamente como hombres y como hermanos.
Firmes
en la misión, confirmados en la fe, entreguémonos sin reservas
a transmitirla con valentía, “siendo cristianos como ciudadanos y ciudadanos
como cristianos”, en esta apremiante tarea de la nueva evangelización.
YA, SIN DILACIÓN, ¡AHORA!
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